Un mensaje para Navidad.

Van sólo diez días de este mes y ya estoy queriendo que se acabe. Y no es que sea amargado, de hecho me encanta tener ratos de esparcimiento, pero no soporto este mes. Tengo varias razones para estar así, primero habría que comenzar con la base: la navidad es una mentira, tanto para los creyentes como para los que no. Los segundos, no la celebramos porque obviamente no tenemos parte en esa torta; y los que sí creen en las sagradas babosadas de La Biblia, también están celebrando nada. Según los estudios bíblicos, Súper Jesús vino a nacer entre el 16 y el 19 de septiembre (cuando en esta Villa de Cristianos estamos jugando dizque amigo secreto). La palabra navidad viene de natividad, en la navidad se supone que se celebra el nacimiento del que sabemos, pero de haber existido, nunca hubiera nacido en diciembre…¡qué pereza nacer en diciembre!

Es un mes superficial y lleno de banalidades, que, a la larga, van a derivar en un solo concepto: consumo. Y no sólo consumo de ‘consumismo’, eso viene siendo lo secundario; la clave de diciembre y su ambiente está en el consumo de drogas, legales e ilegales. Es un mes ideal para reencuentros, reconciliaciones, afianzar los sentimientos hacia los familiares o perdonar rencores por la sencilla razón de que todos están borrachos. En este mes hasta la abuelita se toma una copa de jerez y se trasnocha, contando historias con los cachetes rojos, hasta las diez. Todo eso viene maquillado de generación en generación y tirado desde los medios, disfrazado como Espíritu Navideño, que no es otra cosa que consumo.

Y es el consumo, la parte secundaria, lo que me indigna. Los centros comerciales están repletos todos los días, de todos los estratos, con gente de todos lados, buscando regalos para mucha gente y no ir a quedar mal con nadie. Fiestas en todas las cuadras y hasta en varias casas, eventos especiales por doquier, todo el mundo gasta plata en bobadas, el alcalde se gasta una millonada cada diciembre en pirotecnia…este año pasó lo mismo, y habiendo otras necesidades, la plata se quemó otra vez en diez minutos. ¿Y los necesitados?, ¿y de dónde queda el espíritu navideño? Son detalles de la doble moral cristiana que me dejan impactado, pero allá ellos.

Otros seres que no soportan diciembre y, aunque no puedan expresarlo, estoy seguro de que quieren que termine rápido el mes, son los marranitos. ¡Pobres ellos! Sin tener velas en el entierro son sometidos a largas sesiones de tortura, para luego ser masacrados, brutalmente descuartizados, y ya en trocitos, los meten en aceite caliente o los asan a fuego lento hasta llegar a los estómagos de los que festejan el nacimiento del que nunca nació. A parte, el daño ambiental que resulta del humo de tanta pólvora, tantas fogatas, tantos globos de mecha, tanta droga, tantos carros…por no dejar de mencionar los borrachos cansones, las peleas en las calles, en las casas, los vómitos regados en el asfalto, los asesinatos disparados, los accidentes de tránsito…diciembre es el mes más lleno de sangre del año, y más lleno de deudas, y de problemas, y de guayabos, y de quemados, y de quebrados, y de atracos, y…por eso quiero que se acabe ya. Entonces no esperen que les desee una feliz navidad y un próspero año nuevo, porque es una frase vacía y repetitiva, que aunque lleve los mejores deseos, no va a dejar de ser un simple formalismo. ¿¡Feliz navidad!? ¡Yo me quedo con las de vaqueros!

Más sabe El Diablo...

Esa noche empezó mal: se acabó la mariguana. Me llegó el último porro que pasaba de mano en mano, le di varias caladas profundas, tosí un par de veces, pedí una botella de cerveza, tres sorbos y después de reunir unos cuántos centavos entre los pulmones que se pensaban perjudicar con vicio, me fui solo a traer felicidad. Estábamos reunidos en la casa de uno de uno de esos pulmones, la casa, por ende, estaba sola (digo sola porque no estaban los papás) y nos sobraba el licor. Quedaba en un barrio cerca al centro, Boston o Prado, da igual; bajé por una loma y llegué a lo que parecía una calle principal. Saqué un Marlbeiro y empecé a fumármelo. Increíble, ni un solo taxi. Pasaban motos y carros y volquetas y aviones y submarinos. Pero nada de taxis. Alcancé a fumarme el cuarentaycincopuntodosporciento del cigarro cuando apareció uno, al fin uno, en el horizonte. Le puse la mano y me monté. ¿Dónde lo llevo, amistá?, me preguntó sin saludar y aceleró. Era un señor de edad avanzada, casi un viejito, pero era animado entonces no llegaba a tanto, tenía prendido el radio en una emisora donde estaban poniendo boleros, el volumen no parecía el de un viejito. Hermano, le tengo una misión: le voy a ser sincero, necesito comprar mariguana, ¿se le apunta…o me bajo? Hincha furibundo del DIM, sillas tapizadas en una tela brillantosa azul y roja, como perlada, escudos del Rojo por todo lado. Con esos ojos y ese olor, ya me imaginaba yo para qué me necesitaba…yo no me le arrugo a nada, patrón, ya lo llevo a donde yo conozco… Se las cantó todas. Se las sabía todas. Yo me miré los ojos en el retrovisor y sí, me delataban, no tenía que decir nada para que supieran qué había estado haciendo. ¿Pero sí es buena? El hombre no tenía cara de fumar cositas, eso no me daba confianza. De ahí fumaba yo cuando era loco, hermanolo. Me va guiñando el ojo.

Entramos directo al centro, yo reconocí una que otra calle o avenida o carrera, La Playa, La Oriental, tal vez Maturín. Mucho verde, hombre, ¿qué es lo que pasa pues? Retenes cada dos o tres cuadras, policías a pie, en motos, en patrullas, Es por esos gringos que están visitando la ciudad, pelao, pero no se mosquee por eso que a los taxis no los paran. Y menos con esa cara suya, viejito, y me habrá de disculpar. Nos metimos por una calle sola y con gamines tirados esparcidos dormidos o drogándose en las aceras y subimos a otro morro. Dos o tres minutos de escalada, más policías, y el tipo paró en una caseta de tintos. Cuando digo caseta me refiero a una caja de lata donde caben dos personas de pie y una cafetera. ¡PERO SI ES EL DIABLO! Al de la caseta seguramente le dirían El Gritón. ¿Cuánto le traigo, pelao? Ahí mismo me miró. Que sean cinco pesitos. Le entregué el billete, salió del carro, me dejó escuchando boleros para pedirle al de la caseta lo mío, mientras se tomaba un tinto que él mismo sirvió, llegó El Gritón con algo en una bolsa negra. Se despidieron y después de acomodarse en la silla, me entregó la bolsa. Analicé lo que había en mis manos: abundante, pegajosa, mojadita, poca semilla…¡buena compra! ¡Ah, y ahí le trae unos cueritos también! ¡Qué maravilla, Don Diablito! Ahora me lleva a donde me recogió, si es tan amable. Arrancó el taxi a toda máquina. ¿Y por qué le dicen Diablo, Don Diablo? De diablo no tenía sino lo viejo. Por lo loco que era cuando pelao, mijo… Me contó dos o tres historias de su juventud: alcoholismo, cocaína bazuco y mariguana, prostitución, embarazos…¡pasaba bueno el Diablo ese! Bajamos al centro de nuevo. Un retén, dos retenes, tres retenes, el retén, El Retén. Nos hicieron parar. ¿No me dijo pues que a los taxis no los paraban? El viejito estaba pálido. Calle esa boca y mejor guárdese bien eso, pelao. De güevas. Buenas, agente. Los papeles, normal. Bájese, una requisita. Normal. Empezaron a requisar el taxi, yo había pasado lo mío sano y salvo. Revisaban olían alumbraban por todo lado. Les dio por revisar debajo de la silla del copiloto y van sacando un paquete enorme, sospechoso. El Diablo se desvaneció. Así, literalmente, se puso transparente casi, se fue al piso. Se desmayó el viejo. Primeros auxilios y estaba de vuelta en este mundo. En unos minutos estaba consciente de nuevo y empezó el interrogatorio: ¿De quién es el carro? Levantaba la bolsa con mariguana porque no podía levantar el taxi. El carro es mío, mi capitán. ¡Viejito lambón! ¿Y de quién es la mariguana? Yo no supe qué decir…él sí: De él, Señor Agente. ¡Viejito infame y calumniador! ¡Oigan a éste! Si yo nada más tengo esto… Saqué lo mío de los testículos y lo puse como evidencia. Mala idea, esos veintidós gramos se los sumaron a los otros quinientos. Tuvo más peso la versión de un viejito mañoso que la mía. Me llevaron al calabozo y pasé derecho hasta las primeras horas de la mañana sin pegar un ojo. ¡Y mis malas amistades todavía juran que yo me fumé toda esa mariguana solo!

¡Salvame, Michael!

Marta llegó en cuanto pudo, sólo vio dos policías; uno dormido que estaba sentado en una silla y otro, en un escritorio, tomando café y atento a cualquier movimiento extraño. Se acercó al que estaba despierto y apenas saludándolo empezó a contarle todo como lo había tocado vivirlo hacía menos de una hora. Eran cuatro, todos estaban armados, no se habían robado nada de la casa, sólo a su hijo. Le habían dicho que se despidiera de él. Por el carácter de los tipos, Marta les creía.

El policía la escuchaba atento, miraba a sus ojos intentando descubrir qué tan cierto podría ser lo que la señora le estaba balbuceando. Finalmente se calló, ahora era su turno de hablar.

― Bueno, lo primero que tengo para pedirle es que se calme un poquito, Doña. Tómese una agüita aromática y va a ver que todo se pone más claro ―empezó a servirle agua caliente de un termo en un vaso plástico, buscó después una bolsita de té y la puso en el vaso―. Usted hizo lo correcto al venir a denunciar, no se preocupe que queda en manos de profesionales ―miró a su compañero dormido y deseó que hubiera estado despierto para que su discurso sonara creíble.

― ¿Cómo quiere que esté calmada si secuestraron a mi hijo? ―respondió tosca, pero en tono neutral, Marta―.

― Empecemos por el principio, Doña…―miró el nombre de la señora, lo había anotado con lápiz al margen de una hoja del periódico del día―Doña Marta. ¿Quiénes se lo llevaron?

― Si yo supiera, capitán, ya le hubiera dicho…

― Bueno, dígame, entonces, a qué banda pertenecía…pertenece…su hijo ―continuó con el derrotero.

― Es un muchacho casero, déjeme decirle. Yo no he sabido que él ande en malos pasos…

― No es nada personal, no se ofenda, sólo debo llenar el reporte―interrumpió el policía―. Dígame el nombre completo y la cédula, por favor.

― Marta Patricia Castaño Me…

― No, Doña, de su hijo…―volvió a interrumpir.

― Anderson López Castaño, y la cédula no me la sé, agente.

Sabía que la denuncia formal de desaparición forzosa que había ido a poner no iba a servir para mucho, y menos, que los policías fueran a investigar el caso, como le había jurado el capitán aquél. Se quitó la bata que había tenido que ponerse de urgencia para salir a avisarle a la policía, se puso la piyama y se acostó a rezarle a Dios para volver a ver a su hijo con vida.



Le quitaron la bolsa de tela que le tenían en la cabeza y una luz fuerte dirigida a la cara le hirió los ojos. En unos segundos se fue acostumbrando a la luz pero no veía nada más. Escuchaba risas de un niño, como en un sueño recurrente que tenía, y estaba convencido de que eran los tragos que se había tomado. No sabía dónde estaba ni quién lo tenía inmovilizado de manos y piés, y menos por qué le estaban pegando. Tampoco decía nada porque no lograría mucho suplicando o insultando al que lo tuviera preso. No había hecho nada para que lo trataran de esa manera, no se metía con nadie precisamente para seguir con vida. Tenía confianza en que se tratara de un error, y con frialdad, lo iba a arreglar.

― ¿Si sabe por qué está acá, malparidito? ―le preguntó una voz masculina y aguardientosa que salía desde atrás.

― No, hermano, dígame qué hice o qué tengo qué hacer…

― ¿En serio no sabe?, ¿no estuvo envenenando a nadie hace unas horas, gran hijueputa? ―le dijo la voz, luego recibió un golpe fuerte en la nuca.

― ¡Yo no hice nada!, al menos dígame qué se supone que hice, pues…

Intentaba recordarlo todo, pero por más que se esforzaba, no podía…mucha presión, mucho licor, mucha mariguana. Había comprado la hierba donde siempre pero no había pedido encima o pagado menos, por ese lado no era. Había fumado en su casa para evitarse problemas con los policías, entonces tampoco sería falso positivo. Se había encontrado con sus amigos de siempre, unos tragos, muchos tragos, unos porros, nada especial, había ido a la casa, comió, se fumó varios cigarrillos mientras se dormía y llegaron a despertarlo a patadas. No sabía de su culpa.

La luz se fue atenuando, alguien la manejaba y le había bajado la intensidad. Estaba en una bodega pequeña, lo rodeaban siluetas de diferentes tamaños que no lograba reconocer. La estela se movió hacia un lado y un niño disfrazado de Michael Jacskon cargado por un adulto, apareció iluminado. Tenía una expresión de placidez pero no reaccionaba.

― ¿Ahora sí sabe qué fue lo que hizo, hijueputa? ―le preguntó de nuevo, sentenciando, la voz.

¿Cómo iba a olvidar al pequeño?: el niño que había sido merecedor de los dulces especiales. Estaba con sus amigos, apenas terminando la primera botella de licor barato. La masa de infantes con sus disfraces, pleno 31 de octubre, nada especial…hasta que él, Michael Jackson, el niño, llegó pidiendo dulces pero sin una palabra: entró haciendo su repertorio de baile, era él, Michael, el mismo. Sin pensarlo dos veces, apenas terminó de bailar, sacó de su bolsillo cuatro chocolates hechos y empacados por él mismo, en la tarde.

― Tranquilícense, es sólo un poquito de mariguana. Déjenlo dormir hasta mañana y ténganle listo un buen desayuno. Nada de alarmarse por eso…―aclaró, Anderson, viendo que todo se podía arreglar.

― ¿Mariguana?, éste bastardo le dio mariguana a mi niño… ¿y lo dice así de tranquilo? ―dijo otra voz, desde atrás también, con rabia―. Jorge, Chepe, ya saben qué hacer.

La luz se apagó y el lugar se quedó en total silencio. La puerta de un carro abriéndose irrumpió con su sonido, se volvió a cerrar. Anderson se sabía muerto. De pronto, la voz del pequeño, que reaccionó, le devolvió la esperanza.

― Papi, antes de que los muchachos se lo lleven, dígale que me dé más chocolates.

Perder es ganar un poco

― ¿Otra vez?, ¡qué pendejada con vos, hombre!

― No se queje y mejor págueme.

El gordo se levantó del suelo y empezó a esculcar en los bolsillos del pantalón sucio. Sacó dos billetes, y sin siquiera desarrugarlos, los tiró al lado de los otros que había perdido. El otro lo miraba con una sonrisa de campeón.

― ¿Otra partida, gordito? ―le lanzó, retándolo.

Mientras se sentaba, lo miró con rabia. Sabía que le quedaban unas pocas monedas y sin ellas, no podía moverse de esa vereda. Sin embargo estaba decidido a recuperar lo perdido, no podía quedarse con las manos cruzadas.

― ¡Listo!, pero esta vez sin trampas…

― ¿Trampas?, ¿está insinuando que yo le he ganado con trampa?

― ¡Es que no me explico cómo, si no fue con trampa!, ―decía el gordo, mientras se rascaba la calva, incrédulo, desesperado. Doce manos consecutivas en derrota. Doce. Una tras otra― vos tuviste que sacar cartas de algún lado… ―lo examinó con calma, de pies a cabeza― ¡la gorra!, ¡ahí están las cartas!

Se fue quitando la gorra lentamente, dejándole ver al otro que no había nada debajo.

― ¡Yo soy bueno, hermano, tiene que aceptarlo!

― Sí, pero yo soy más bueno. Reparta eso, mejor…

Recogió las cartas que estaban tendidas, las juntó con el resto y empezó a barajar.

― ¿Y usted cómo se llama? ―preguntó mientras revolvía el mazo de cartas.

― Gary, mucho gusto, hombre.

― ¿Gary?

― Sí, muchacho. Gary Alberto Posada, para servirle.

― ¿Gary…como Gary Coleman?

― Sí, y como Gary Galeano…

«» «» «»

― ¡Otra vez!, ¡no jodás!...si querés te empaco los zapatos…

― ¿Quién lo manda a jugar sin saber con quién?

Estaba en ceros. Ni una sola moneda. Plan B.

― Le propongo mejor otro juego.

― Dígame en qué otro asunto le puedo servir, antes de irme…

― Simple: todo o nada. El que pierda, se queda sin nada. El que gane, se lleva todo.

― ¿Todo lo que yo le gané?, ¿está loco?

― Es cuestión del azar, muchacho…

Miraba a Gary intentando descifrar qué podían contener esas palabras. Estaba oscureciendo y el transporte no era bueno en el lugar, tenía que estar en la carretera antes de las seis…pero no todos los días aparecía un lugareño regalando plata.

― Cuénteme de qué se trata, si me conviene pues le entro…

― ¿Has apostado en la ruleta?

― Sí, un par de veces…

― ¿Te ha ido bien?

― Las dos veces gané…no mucho, pero gané.

― Entonces no hay problema… ―le dijo mientras sacó de su talego un revólver.

― ¡Guarde eso, que las armas me dan miedo, hombre!

― Si pierde, me quedo con todo…si gana, se queda con todo… ―le metió una bala en el tambor vacío― ¿le entra?

No había opción. Un arma cargada en manos de un hombre desesperado era una orden.

― Le entro… ―puso los billetes entre los dos.

Sin decir palabra, Gary le dio vueltas al tambor del revólver, se lo puso en la sién derecha, hundió el gatillo y el clic que sonó lo dejó tranquilo. Le pasó el arma al otro.

― Ahora vas vos, quedan cuatro vidas y una muerte…

Recibió el revólver, cerró los ojos y lentamente lo dirigió a su sién derecha, como había visto hacerlo hacía un momento. Pum.

― ¡Ganaste, güevón!

Hágase la luz

La brisa que le pegaba de frente en el rostro resaltaba la sensación de frío que, con hilos de sudor chorreándole en el mentón, se iba haciendo más intensa. El caballo galopaba a la máxima velocidad que podía hacerlo cargando los dos bultos; el terreno de la senda más corta, la que habían tomado, era complicado y más para una gestante en apuros a esa altura de la noche. Chepe esquivaba los obstáculos del camino con mucha torpeza, el pantano a veces le llegaba hasta las rodillas y en más de una oportunidad casi pierde el equilibrio. Carmen revisaba la respiración del pequeño que llevaba entre vivo y muerto en sus piernas pero el galope arrítmico de la bestia le hacía imposible la tarea. Tomó con fuerza las riendas y haló, el caballo se detuvo en un terreno medianamente plano. Aprovechó la quietud y volvió a revisar si el chiquillo soltaba aire por nariz o boca. Creyó sentir aire caliente, diferente al que la noche le ofrecía. Aún vivía. Se desabrochó la bata en la sección del vientre y comenzó a sobarlo. Las contracciones eran cada vez más fuertes, inhalaba profundo por la nariz y exhalaba lento por la boca, sacando el aire de a poco, como habría aprendido de las experiencias pasadas.

Después de asegurarse de que el niño seguía vivo, puso en marcha la bestia y siguieron por el camino. Al fondo, en la montaña, decenas de luces se encendían y se apagaban, el sonido de la pólvora se escuchaba realmente cerca, a veces Chepe se asustaba, pero seguía su marcha al verificar que seguía bien todo; ¿cuál sería la casa de Aquilino?, no importaba, eso se sabría después, primero tenía que llegar. Aunque la noche estaba de un negro denso, la luna alcanzaba a mostrarles hacia dónde iban, eso sí, nada les aseguraba que llegarían a tiempo a su destino. En el camino Carmen estuvo elevándole oraciones a Dios, el pequeño no debía morir…ninguno de los dos pequeños podía morir, y para asegurarse, ofreció su vida en cambio de la de ellos dos. Las luces intermitentes estaban cada vez menos lejos, ella confiaba en Chepe. En Chepe y en Dios. Ellos dos eran los únicos que le podían ayudar en el momento.

Una loma los separaba del caserío. El color de la cara del niño se iba mermando y mermando, estaba pálido, del color de la luna que los seguía. El caballo hizo un último esfuerzo y mientras se arrodillaba para reposar, un tumulto se fue formando; primero llegaron dos hombres, luego una mujer, llegaron unos niños y en cuestión de segundos todos querían socorrer al moribundo. Carmen desesperada los calmó de un grito, y después de que hubo silencio, preguntó en voz alta por Aquilino.

― Suba hasta arriba, hasta el filo, mi doña, allá encuentra al Aquilino. Pero no le va a servir de a mucho porque ese hombre anda en una perra asquerosa ―contestó uno de los borrachos, esforzándose para hablar claro.

Dejó a la bestia pastando y descansando, tomó al niño, se lo montó al hombro y subió lo más rápido que pudo hasta el fin de la loma. El desespero que la invadía era comparable al que había vivido cuando recién se iniciaba la guerra civil en el campo, cuando huyendo de una horda de eufóricos energúmenos que había acabado de acribillar a su papá, tuvo que correr por horas bosque adentro para salvar el pellejo. Cuando por fin llegó al filo, ubicó la casa de Aquilino por el jeep que estaba parqueado afuera. Gritó su nombre varias veces pero nadie atendió. Descargó al niño con cuidado sobre la manga de un jardín y agarró a golpes la puerta.

― ¿Qué necesita con tanta bulla? ―salió una voz femenina y aguardientosa detrás de la ventana.

― ¡Es urgente, necesito que Aquilino me lleve a San Gil!, ¡mi hijo se está muriendo! ―suplicó.

― ¡Ése sinvergüenza está todo borracho!, yo no creo que sea capaz de levantarse de la estera si quiera, misiá…―respondió la voz de la ventana― pero abajo hay más paisanos que la pueden ayudar.

― ¡Todos están borrachos! ―dijo, desesperada y agarrándose la cabeza, Carmen.

Los pasos y la respiración agitada de alguien las alertó.

― ¡Pero si está usté muy de buenas!, el dotor está en la vereda.

Un tipo panzón se acercaba caminando y jadeando cual buey, se limpiaba el sudor de su cara rojiza con el dorso de los brazos. Vio el niño sentado en la manga y sin preguntar, fue hasta él. Lo primero que lo alarmó fue el tamaño y la profundidad de la herida. Con eso y el color del rostro, tuvo para saber que se encontraba frente a un cuerpo sin vida, pero sin ahorrar medidas, intentó tomar el pulso, y, efectivamente, no había ya nada qué hacer. Carmen se fue acercando lentamente y sin emitir palabras, vio la cara del doctor de cerca.

― Disculpe, ¿usted es la mamá? ―se dirigió a ella.

― Sí, dotor, yo lo traje al mundo ―le soltó, esperanzada.

― Bueno, pues…lamento informarle que el niño falleció hace al menos media hora. Ya cualquier cosa que se haga por él, es en vano ―mientras se levantaba y le ofrecía un abrazo.

― ¡Usté no sabe nada!, ¡usté está borracho! ―le gritó con desespero al doctor.

― Mire, señora, cálmese. No tengo que estar sobrio para reconocer un muerto, y disculpe la franqueza…

― Al menos ayúdemen a llevalo hasta la casa pa dale santa sepultura ―dijo Carmen antes de desplomarse inconsciente sobre el suelo.

Esa mañana todos acudieron a la misa que estaba ofreciendo el Padre Jaime en San Gil, celebrando la llegada de la luz eléctrica a las veredas. Carmen y Jesús, católicos-apostólicos-romanos, se levantaron muy temprano para alistarse y alistar a sus hijos. A las diez de la mañana estuvieron llegando los quince, dieciséis, mejor, contando a Manuel de Jesús que estaba próximo a nacer, todos muy organizados, muy bien vestidos: los varoncitos de pantalón corto, camisa de manga corta y el corte de cabello asentado con linaza; uniformados. Las niñas con vestidos de boleros y peinadas con rulos, Carmen con un vestido materno y un chal bordado a mano por ella misma; Jesús, encabezando la manada, de chaqueta, pantalón, corbata y zapatos de cuero.

― Mija, vea al curita Jaime llegando, agárrelo y sáquele una citica pa lo de los bautizos y las primeras comuniones, ¡yo no quiero hijos ateos! ―le dijo Jesús a Carmen mientras la agarraba del brazo.

― ¡Deje miar al macho!, hay tiempo pa todo, después de la ucaristía vamos con los muchachos y de una vez se los presentamos.

El religioso se abrió paso entre la multitud, a empujones pero repartiendo bendiciones, y cuando pudo llegar al altar dio inicio, entusiasmado, a la celebración. Dios dijo un día: “Hágase la luz”, y la luz se hizo. Hoy, queridos hermanos, nos reunimos para celebrar el día en que, en nuestra tierra, Dios quiso que se hiciera la luz; “Hágase la luz”, ¡y la luz se hizo! ―empezó el discurso. Dos horas de agradecimientos y plegarias, de anécdotas sacras y de parábolas sabias de Jesucristo. Al final, avisos parroquiales y una invitación al bazar que se estaba realizando con motivo de la llegada de la energía eléctrica a las veredas. Carmen, Jesús y los niños, después de acordar con el padre la fecha para los cursos de catequesis, disfrutaron del sancocho de calambombo que la Parroquia estaba ofreciendo, los niños pidieron cofio y al final de la tarde, asistieron al parque principal para estar presentes en el acto de inauguración del alumbrado eléctrico. El alcalde cortó una cinta roja que abrazaba un cajón de lata, dos obreros halaron unas palancas y los motores iniciaron marcha.

Se acomodaron en el jeep de Aquilino después de negociar quince puestos por el valor de diez. En el camino veían ya las luces en las casas, prendiéndose y apagándose, ¡tanta lucha al fin había dado resultado!, cinco años de promesas de políticos y nada de nada. Hasta ese día. En todas las casas había fiesta, licor, bulla y luz, mucha luz.

― ¿Y qué vamos a hacer con tantos velones? ―preguntó Jesús, aferrándose a la silla del carro.

― Pues será prendérselos a La Virgen del Carmen, Chucho. Mirá que nos hizo el milagrito ―respondió Carmen.

― La que se va a joder es Doña Estela porque se va a quebrar con esa empresa de velas ―dijo Aquilino desde el volante, soltando una carcajada.

― Dios la ampare, pero es la única que sufre con la eletricidá, a nosotros nos sirve mucho ―repuso Carmen.

A las ocho de la noche estuvieron llegando a la casa y sin esperar mucho tiempo, arreglaron las camas para dormir. Los más pequeños se acostaron sin refutar, pero cuatro de los mayores, extasiados por el milagro de la electricidad, se resistían a dormir y, en vez de eso, saltaban de una cama a otra mientras uno halaba el cordel una y otra vez, prendiendo y apagando la bombilla. Jesús se levantó de la cama y fue hasta donde los niños formaban la algarabía.

― ¡Se acuestan ya o les sobra plan!, no ven que mañana me toca levantarme muy temprano ―les ordenó de un grito.

― ¡Mijo, se vino el niño, se vino Manuel! ―gritó Carmen desde su lecho.

Jesús se olvidó de los niños y fue hasta donde su mujer. Cuando vio la mancha en la sábana calculó que estaba a tiempo de ir corriendo por la partera. No dudó en hacerlo y se vistió con lo primero que pudo para salir a toda prisa en busca de Matilde. Carmen inhalaba y exhalaba como sabía, pero los dolores eran intensos, no daba resultado la respiración. Sentía que perdía la conciencia, su mundo se iba tornando blanco y empezaba a sudar frío.

― ¡Amá!, ¡Checho se rompió la cabeza! ―escuchó que uno de los muchachos gritaba y aunque no pudo saber cuál era, se levantó de inmediato y mareada, fue a ver lo que pasaba. El cuadro no era muy alentador: Sergio tirado en el piso con una herida en la cabeza, imposible de medir a simple vista porque botaba mucha sangre. No tuvo que preguntar lo que había pasado, se deducía viendo el borde de la estera de acero deformado, ensangrentado y justo encima de la cabeza del niño.

― No se muevan de acá. Cuando vuelva su papa, le dicen que me fui a llevar este pobre muchacho a San Gil ―se despidió de los muchachos después de cargar a su hijo y montarse en Chepe a ir en busca de Aquilino.

La misa de esa mañana no fue tan alegre como la de dos días antes, tampoco estaban celebrando nada. Todo el mundo asistió a la iglesia de San Gil, vestidos con los mejores trajes y después del toque de campanas, se dio inicio a la eucaristía. También estaban allá Jesús, Carmen y los niños; todos completos, los dieciséis: los hombrecitos con sus pantaloncitos, las niñas con sus vestidos de boleros, uniformados. Manuel y Sergio, encabezando la misa desde sus féretros, eran los únicos de la familia que no estaban llorando. Esa ceremonia no estuvo tan entretenida, lo único que Carmen quería era que se terminara rápido y nunca más volver a recordar el día en que Dios quiso que se hiciera la luz.

El Sujeto

Mi foto
Hace más de veinte años nací, vengo creciendo, lucho por reproducirme y todavía no he sabido que me haya muerto.