¿Dónde empieza el RAP?

Puedo decir que escucho hip-hop hace pocos años, quizá tres o cuatro, y aunque apenas empiezo a conocer el agua que me moja, estoy seguro de que es uno de los géneros que me voy a llevar a la tumba. Escucho hip-hop porque creo en el infinito poder de las palabras, porque la cultura me hace culto y, sobre todo, por necesidad de alimentar mis oídos con buenas instrumentales acompañadas de contenido explícito que, por lo general, me complace intelectualmente. Fabrico hip-hop hace menos tiempo, un par de años a lo sumo, y no sé si me lo vaya a llevar a la tumba o no, pero por lo menos esa es la intención. Hago hip-hop porque me nace, literalmente, me sale hip-hop de la boca, se me chorrean sonidos y no me doy cuenta, el bombo y la caja llegan a reemplazar las palabras; no me ata ningún instrumento, lo puedo hacer casi en cualquier lugar, es sencillo, suena bien, y lo mejor, no me vale nada.

No me creo rapero. Trabajo gratis por el rap, escribo, canto y hago beatboxing, pero no soy rapero. No es que me moleste la etiqueta, por el contrario, me parece un honor llevarla, pero sólo se logra ser un rapero, pienso yo, cuando verdaderamente se ha llevado a cabo una auténtica revolución popular con el arte. No voy a autoproclamarme rapero hasta que mi música cambie algo, con la intención no es suficiente. También, hay que decirlo, no solo es rapero el MC, todo el que trabaje por el RAP y se destaque con su arte, merece la etiqueta. La cultura a nivel local es grande y está en crecimiento constante, pero sería mejor si en vez de segregarnos, nos uniéramos: MC’s, BBoys, BGirls, productores, graffiteros, DJ’s, beatboxers,  degustadores del hip-hop y seguidores de esta, nuestra Revolución Artística Popular, todos unidos haciendo lo propio por el RAP.

Salir a fumar mariguana y escuchar el mismo hip-hop underground todos los días con la misma gente no hace rapero a nadie. Como músico, estoy convencido de que tener los oídos cerrados a otros géneros que no sean de mi preferencia, lo único que va a lograr es convertirme en un ignorante musical. Escuchar otros géneros me hace conocer, también, otras culturas, otras ideas, otras formas de ver el mundo, otros autores, otros conceptos…cuando el universo musical es amplio, es amplio también en el universo cultural. Pero el RAP no se limita a la música, hay que leer de todo, hay que ver muchos pintores, muchos escultores, muchos muralistas, muchos filósofos, muchos sociólogos, y en fin, hay que tener mundo. Y tener mundo no es ‘tener calle’ y salir de los aprietos de manera sencilla, es comprender que el lugar donde estamos ubicados es grande, muy grande, y cabe todo. Todo.

¿Dónde empieza el RAP?, todas las revoluciones se gestan en una biblioteca. Una real Revolución Artística Popular solo se puede lograr con una multitud de cabezas cultas preparadas para rociar con cultura al resto, dotando con verdadera literatura a lo que suene, a lo que se baile y a lo que se raye. Mi revolución empezó en la biblioteca y, como dije, quiero que se vaya conmigo. No basta con ser el mejor MC, el mejor BBoy, el mejor DJ, la mejor BGirl, el mejor graffittero, el mejor beatboxer o el mejor productor, necesitamos, nuestra revolución popular, necesita reunido el arte de todos y en todos lados. Eso pienso yo, CannaBeats, eso pensamos nosotros en Liter4tos.

Las palabras mágicas

Desde el principio de la fiesta el pequeño se mostraba reticente. Antonioli lo podía notar, desde un rincón del jardín, mientras descargaba todo lo necesario de su Renault rojo para el show que estaba próximo. La música infantil sonaba por dos parlantes medianos, pero no apagaba el ruido producido por los niños. Miraba cómo el infante rechazaba con los peores gestos cada obsequio que le llevaban. Rechazó, también, el gran trozo de torta que la mamá le ofreció. Un público difícil, ¿eh?, pensó, antes de comenzar a organizar todos los cachivaches mágicos en el centro del jardín. Por último sacó su sombrero de copa y fue hasta donde la organizadora de la fiesta.

            ―Doña Beatriz, necesito que me facilite un espacio para poderme poner el traje, por favor ―se dirigió a ella, enseñándole el sombrero con una mano y una bolsa en la otra―.          
            ―Claro, don Antonioli, dígame no más lo que necesite y lo tiene.
            ―Bueno, si le soy sincero, necesito que me organice a los niños mirando hacia donde tengo mis instrumentos…―miró el bochinche que estaban armando en el jardín el montón de infantes, y al gordito, mal encarado, que gruñía solitario en una silla―
            ―Lo que sea, señor mago, lo que sea por poder ver a mi niño contento… ―lo miró a los ojos, desesperada, como quien encuentra lo que ha estado buscando― no sabe todo lo que hemos sufrido con él y su genio, nunca está conforme con nada…
            ―Cuando salga vestido de mago, va a ver cómo se pone de feliz su hijo, mi señora.

Lo llevó hasta el cuarto de herramientas, detrás de la casa, ahí habría suficiente espacio.
Antonio Linares, mejor conocido como Mago Antonioli, era un artista joven que prometía toneladas en el mundo de la magia, la ilusión y la prestidigitación. Su currículum empezó a crecer desde pequeño, cuando aprendió un sencillo pero fascinante truco con dos monedas idénticas que venían como regalo en una caja de cereales junto con unas pocas instrucciones, que siguió paso a paso, hasta dominarlas. En su adolescencia ya sabía más de lo que los magos de su edad sabían, manejaba el mazo de cartas como un profesional y estaba empezando a crear sus propias ilusiones. Terminó el colegio y de inmediato ingresó en una academia de magia donde en pocos meses alcanzó bastante prestigio, el suficiente para llevarlo a graduarse con honores al final del curso. El Mago Antonioli se ganaba la vida haciendo shows, generalmente privados, cobrando unos honorarios difíciles de olvidar pero que pagaban, de inicio a fin, el show que ofrecía.

Con el traje en su lugar, solo le faltaba ponerse el sombrero y coger la varita mágica. Salió al jardín y, sin poder creerlo, vio al montón de párvulos en orden y en silencio. Todos se habían formado alrededor del gordito pelirrojo, el homenajeado. La mamá organizadora empezó a aplaudir mientras el mago llegaba hasta su sitio, los niños empezaron a imitarla, la mayoría, menos el gordito de las pecas en los cachetes rojos y dientes de conejo, que simplemente estaba sentado, viviendo. Antonioli se puso enfrente de todos, al centro de la tarima imaginaria y asumió su pose ritual antes de presentarse, ponía el cuerpo, según sentía, como si estuviera bailando tango y flamenco, pero estático. Luego, con su capa, hizo algunos rizos en el aire, se acercó a la manada de niños boquiabiertos y se presentó.

            ―Soy Antonioli, el conocedor de lo desconocido. Hoy van a ver las maravillas más sorprendentes que alguien pueda saber, de cerca y sin perderse ningún detalle. ¡Antes de empezar tengo que decirles que no pueden hacer esto en sus casas!, muchos lo intentan pero pierden la vida intentándolo ―miraba las caras de asombro que estaba acostumbrado a ver, incluso en la mamá del gordito, pero en él, no. Ni un esbozo de sorpresa en su rostro. Aquél pequeño monstruo estaba cumpliendo diez años y ya le parecía de noventa―. Hoy, en este mismo momento, necesito que se comprometan conmigo…no pueden revelar ningún secreto que les cuente, si eso llegara a pasar, el mundo mágico se vería en peligro y…
            ―¡A los trucos, payaso! ―le gritó desde la silla, interrumpiendo, la masita de carne con motas rojas, siendo debidamente ajusticiado por su madre con una mirada y un índice en el aire―
            ―¡Paciencia, amiguito!, además, mira que soy mago y no payaso ―de un movimiento rápido de muñeca, cambió la varita mágica por una paleta de caramelo, se acercó y se la entregó―.
            ―¡A los trucos, magucho! ―le recibió el dulce y lo arrojó hacia unos arbustos―

Toda la tarde estuvo haciendo sus trucos, incluso ofreció trabajar dos horas gratis, con un solo objetivo: entretener al gordito de carnes rosas. Sacó su mazo y realizó todos los trucos de su repertorio. Puso a volar a tres palomas que aparecieron de la nada. Hizo desapariciones de relojes, conejos, el sombrero, un zapato y una silla. Adivinó respuestas y calculó cumpleaños a muchos de los presentes…pero nada hizo sorprender al montón de incrédula materia que, para bien o para mal, era por quien había venido. El resto de los niños, por el contrario, asistieron al mejor show de magia de sus vidas, el que, con seguridad, iba a cambiar sus vidas.
La madre se le acercó, después de terminado el show, para darle sus honorarios y algo extra por el esfuerzo.

            ―Aquí tiene su pago, don Antonioli, no se preocupe por mi niño, él es un poquito caprichoso a veces ―mientras le entregaba el dinero―
            ―Lo que me preocupa es que su hijo, tan pequeño, y no se maravilla ante lo que se debería maravillar…es que, le digo, no comprendo cómo no se asombró cuando desaparecí esa silla...el problema fue bajarla del tejado, pero ni con la bajada se emocionó. A mí me gustaría tener unas palabras con su hijo, si no le molesta…
            ―A mí no me molesta, pero no sé a él…mire, aproveche que está destapando esos regalos y lo coge de buen humor…―le señaló hacia donde el gordito pelirrojo estaba sentado en la hierba destrozando algunas cajas―

Se le acercó, pensando lo que iba a preguntarle, y sin esperarlo, el niño se adelantó.

            ―No me gustaron sus trucos, no me pudo engañar ―le dijo, sin mirarlo―.
            ―¿Cuáles trucos?, ¡eso que viste, se llama Magia!
            ―¡Pues yo no creo en la magia! ―gritó, volteando la cabeza para mirarlo a los ojos―
          ―¿Y por qué no crees en la magia? ―preguntó, más asombrado que curioso, el mago―
            ―Porque si la magia existiera, los magos no tendrían que trabajar.

Fábula de la princesa, el enano y el falso príncipe

Con un vestido blanco de encajes de seda y descalza, se veía caminando en lo profundo del bosque. Por tramos aceleraba su paso, asustada, aturdida en parte por el ruido de los animales que no alcanzaba a ver y en parte por el miedo de no saber hacia dónde estaba huyendo. Vio cómo la cinta que daba vueltas a su pelo dorado queda atrapada en la rama larga de un árbol viejo para luego salir a volar por los aires impulsada por una ráfaga de viento. Al fondo del montón de árboles, alcanzó a ver que llegaba al castillo, y desesperada por llegar, empezó a correr hacia su hogar. Al llegar a la compuerta principal notó que no estaba custodiada por los dos guardias que, habitualmente, cumplían su horario. Sin anunciar su llegada, la compuerta se abrió y la princesa entró al castillo. Cuando notó que nadie la esperaba, empezó a revisar cada habitación existente. Cada puerta que abría la llevaba a la habitación del enano, con él adentro, sonriéndole e invitándola a pasar. Ella cerraba una puerta para intentar con otra, pero inevitablemente terminaba llegando donde el enano. Cuando abrió la última puerta y vio al pequeño ser, decidió escucharlo. Le decía, con su vocecita, que subiera a la torre más alta del castillo y allí iba a encontrar la respuesta. Ella, sin dudarlo, se iba corriendo hasta las escaleras de esa torre y cuando llegaba, empezaba a subirlas con pasos largos. Subía y subía escalas, miraba hacia arriba intentando adivinar cuándo iba a llegar, finalmente veía la luz de la ventana de la parte más alta de la torre, subía más rápido las escalas, llegaba muy cerca, pero cuando le faltaba poco para mirar por la ventana, volvía a verse corriendo en el bosque.

El enano esa mañana había recibido la visita de la princesa, nunca, pensaba él mientras la recibía, podría existir una igual de bella. Venía a él por una razón, y, después de contarle sus males, le pidió un favor: necesitaba una poción para dejar de vivir. Él, que conocía bastantes hechizos y algo de alquimia, aceptó, no sin antes lamentarse de estar obligado a servirle en semejante tarea. Antes de que lo abandonara su bella presencia, intentó convencerla de que, como ella, las flores hermosas siempre van a vivir mientras haya sol, pero ninguna palabra fue suficiente para hacerla desistir. El enano comenzó a trabajar antes del mediodía para tener lista la poción.

Volvía a verse en el mismo bosque, en el mismo castillo solo, en la misma búsqueda tras las puertas y llegaba hasta la misma parte de la torre. Recomenzaba el ciclo, cada vez con un vestido diferente. En el mismo bosque, en el mismo castillo solo, la misma búsqueda que llevaba al enano… Intentaba hacer diferente las cosas, pero no podía. Aunque sabía lo que iba a pasar, sentía el mismo miedo. El ciclo se repetía, y se repetía, y se repetía.

La poción estuvo terminada cuando se guardó el sol, y él, diligente y servicial, como había sido siempre, sobre todo con ella, llevó en un frasco, a hurtadillas, la poción que terminaría con las penas de la princesa hasta sus aposentos. Cuando se anunció la visita del enano, ella estaba llorando, recostada en la cama y ansiando la llegada de la pócima. Él solo se la entregó y vio como se bebía todo el contenido del frasco. Cuando cerró los ojos, él se acercó, besó su frente y salió sin que lo vieran.

Se despertó con un grito fuerte. Estaba encerrada en el ciclo y, eran tantas las ganas de saber la respuesta, que se levantó sin si quiera haberse mirado al espejo. Miró a su alrededor y estaba en su cuarto. Con sus criadas. Todas parecían sorprendidas por su regreso. Sin importarle nada más que la respuesta se dirigió a las escaleras de la torre más alta del castillo. Empezó a subirlas, tal como sabía. Cuando llegó a la ventana que mostraba luz, no volvió a empezar. Alcanzó a ver todo el jardín del castillo florecido. Ahí, frente a la ventana, comprendió que las flores hermosas siempre van a vivir mientras haya sol. También supo que aunque el falso príncipe se llevó todo el botín del reino de su padre, no alcanzó a llevarse ni una sola flor del jardín.

Útiles consejos para individuos fenotípicamente mal influenciados

No nos digamos mentiras. Acá, en Colombia, en Medellín, hablo por los de mi género, los feos somos más. La combinación de razas nos hizo una sociedad de mujeres bonitas y de hombres feos. Por desgracia para nosotros los hombres feos, la belleza es una cualidad admirada y, a veces, requerida en ciertos círculos sociales, en ciertas entidades o en el simple acto de buscar una pareja. Pero no hay de qué preocuparse sabiendo que existen muchas formas de suplir esa carencia de esteticidad. No me refiero a las cirugías plásticas ni al maquillaje, hay peripecias varias que permiten que la belleza, esa que es tan admirada, pase a segundo plano.
El siguiente texto es el resultado de una investigación profunda de cuenta de profesionales de varias universidades del país. Me explico: yo los investigué a ellos, me inmiscuí en la vida de algunos feos ―feos, con eme de mucho― que no sólo tenían activa la vida sexual sino que era variada, y en algunos casos, inesperada. Por varios meses tuve la oportunidad de compartir conversaciones y material gráfico ―evidencia, en este caso―, investigando con mis fuentes, confrontando con las suyas, para, con esfuerzo, llegar a los meollos. Cada feo tenía su estrategia a la hora de hacer el ritual de apareamiento, los anoté fielmente, luego elegí los más efectivos para, con algunos que conocía de otras fuentes, redactar una serie de útiles consejos para individuos fenotípicamente mal influenciados.

Nota del autor: aunque la mayoría de individuos investigados sean de sexo masculino, los consejos, bien adaptados, funcionan igual de bien en los individuos de sexo femenino o inconcluso.

Primer consejo: tenga plata. Está científicamente comprobado (otra investigación que realicé) que tener muchos billetes disponibles es más efectivo que tener unas facciones perfectas, unos abdominales de lavadero y unos bíceps enormes. La fuente del dinero no tiene que ser específica, con el solo título de ‘comerciante’ usted se ahorra mil explicaciones. El éxito está garantizado y, aparte de curar su mal, le va a otorgar beneficios extras como el respeto y la amistad; pero debe tener en cuenta que no solo va a atraer mujeres con este amuleto, también a bancos, fundaciones, ONG, políticos y demás ladrones.

Segundo consejo: consiga un cuerpo perfecto. A veces la cara bonita no es tan necesaria, basta con tener una altura decente y un cuerpo universalmente aceptado como perfecto para salir en alguna revista modelando ropa interior, dándole la espalda al lente. También es mejor tener un buen cuerpo que no tenerlo, las posibilidades de una vida sexual activa se incrementan casi un 200%, según los datos analizados. Hay que tener en cuenta dos cosas con este consejo: 1) requiere de mucho esfuerzo, mucho dolor, mucha plata y mucho tiempo. 2) si quiere disfrutar a sus anchas de los beneficios, debe comenzar a trabajar su cuerpo desde antes de la adultez; si comienza después de los cuarenta solo va a lograr convertirse en un muerto saludable.

Tercer consejo: sea un genio. No importa en qué, sea un genio. Cuando uno nace con una habilidad extrema para algo, la belleza es solo un agregado, pasa a tercer o a cuarto plano. Averigüe en su árbol genealógico sobre genios y empiece a buscar su don, si no lo tiene. Si cuenta con él, agradézcale a sus genes y empiece a madurarlo. Si está madurado, explótelo. Este consejo nace no solo de la experiencia de los expertos consultados sino de la vida de muchos genios investigados por fuera del proyecto. Aplica en todos los entornos y para casi todos los casos, tanto para genios de las finanzas internacionales como para juglares vallenatos.

Cuarto consejo: sea importante. Si no tiene un don especial, tampoco se preocupe, esfuércese por lograr ser imprescindible en lo que haga, ojalá algo que pocos sepan hacer como usted lo hace. Sea creativo, investigue, plagie, invente, varíe el método. No es necesario escalar rangos sociales para lograr ser importante, en cualquier ocupación siempre habrá cosas por explorar. También, se vale parecer importante. Fingir ser imprescindible a veces funciona, dependiendo de la credibilidad que le imprima al papel y de la clase de interlocutor al que se enfrente; aunque usted sea de día el mensajero de una empresa, de noche puede convertirse en el gerente ejecutivo de comunicaciones y relaciones exteriores.

Quinto consejo: maneje el lenguaje. Es verdad eso de que el pez muere por la boca, pero también por la boca se alimenta. Nuestro idioma es una herramienta espléndida a la hora de conseguir lo que queremos sin necesidad de usar un escote pronunciado o una sonrisa blanqueada. La clave de este consejo radica, según lo interpretado en los resultados de la investigación, en saber identificar al interlocutor. En cada caso, cada receptor quiere escuchar  algo específico y con este método, con la suficiente práctica, usted podrá pillar lo que debe decir en el momento preciso para obtener algún objetivo.

Sexto consejo: sea raro. No importa la naturaleza de su rareza, puede ser una malformación genética, una marca de algún momento loco de su vida o una simple patología neurológica, si usted cuenta con la habilidad de comunicarse con las demás personas, cuando vean que, con su rareza, es capaz de adaptarse a su entorno, va a tener éxito. Tener tatuada la cara, ser hermafrodita o ser fanático del manga a veces puede ser causa de exclusiones, pero, en el entorno adecuado, llega a ser bastante provechoso.

Séptimo consejo: vuélvase músico. De preferencia toque en una orquesta clásica, elija un instrumento pequeño y, si es prodigio, aprovéchelo. Si no cuenta con la cara para ser solista, intente camuflarse con el resto de músicos feos que lo acompañan. Si canta, recuerde que siendo fenotípicamente mal influenciado hay una posibilidad grande de no entrar en el mercado de algunos géneros, entonces enfóquese en corrientes musicales que tengan el concepto de belleza alterado, tipo, punk, metal o glam.

Octavo consejo: sea diferente. Bajo los estándares actuales, ser diferente no es difícil. Con llevar el pelo de algún color llamativo, con vestir una prenda no habitual o con dejar de cortarse la barba uno entra al círculo de los diferentes. Busque una prenda que le guste, que pocos tengan y no se la pongan ―chaquetas del abuelo, zapatos de bolos, un gorro militar, una correa de mariachi, un caminador de anciano, en fin― y salga a lucirla. También pensar diferente, o al menos pretenderlo, es un método válido para distraer el foco de los demás. El ejemplo más claro es decir que la belleza es absurda y que no importa: la excusa más recomendable para ser la excepción, a conveniencia, de la norma.

Noveno consejo: consiga un perro. De referencia uno pequeño y que inspire ternura. Nota del autor: un french poodle o caniche no inspira ternura. No se preocupe por averiguar con sus amigas féminas si funciona, ¡funciona!, simplemente funciona. Asegúrese de darle un nombre internacional y desconocido, nada de Pupú, Lucas o Bruno. Los perros pequeños atraen gente, niños, ancianos, parejas y hembras solitarias, allá usted, según su objetivo. Tenga en cuenta que razas como Pitbull, sobre todo cuando están grandes, lejos de atraer, alejan.

Décimo consejo: sea divertido. Cuando usted tiene la habilidad de sacar sonrisas en la gente, poco o nada va a importar lo fenotípicamente mal influenciado que sea, y mientras más divertido se vaya convirtiendo, menos importancia va adquiriendo la fealdad. Funciona muy bien hacer chistes de los propios defectos, proporciona una inmunidad casi total para con los comentarios que se les pueda ocurrir a los otros. Si usted, definitivamente no es gracioso, tenga a la mano una lista de chistes buenos ―verifique el índice de humor antes de incluir alguno― para, cuando se dé la posibilidad, sacar algunas risillas y pasar limpio. Mejor que la lista funciona aprenderse los textos, de preferencia cortos y con algún grado de sarcasmo incluido.

Son los principales, pero no los únicos ni los últimos, hay muchas opciones para pasar por el lado de la belleza sin que nos duela. Son principales porque en la mayoría de los participantes se dieron sin problemas y con excelentes resultados ―tan exitosos que algunos respiran y tienen registro de nacimiento―, pero la lista de los consejos faltantes son muchos. Como director y único investigador del proyecto, me atrevería a dar un último consejo que aunque no se incluyó en la lista anterior, considero vital y de gran ayuda para nosotros: no importa qué tan mal influenciados estemos fenotípicamente, siempre habrá alguien más feo.

La bella y hermosa Jeanne

Acostada en su cama, se miraba al espejo y lloraba, desconsolada. ¡Era hermosa!, pero no lo suficiente. Sentía, al mirar en el reflejo que daba el artefacto con marco de plata, que era eso lo que le restaba belleza, que el espejo era un invento que se robaba la belleza. Lo lanzó contra un muro, el fino artefacto se alejó rápidamente de las delicadas manos de la doncella y fue a parar, hecho añicos, en un rincón de la habitación.
Jeanne se levantó de su lecho, se miró los pies, descalzos y libres de pintura de uñas. ¡Eran perfectos!, pero no lo suficiente. Recogió escupas, tal como había visto hacer a su padre, y lanzó un escupitajo a los dedos. Continuó en llanto unos segundos.  Caminaba de un lado a otro, sin atreverse a mirar el espejo de la pared que, años antes, era su mejor amigo. Se repetía en la mente lo mucho que la afectaba haber comido en la vida, era delgada, pero no lo suficiente. Era eso. Se acercó a la campanilla, tiró un par de veces de la cuerda y en unos segundos llegó la servidumbre. Les dejó claro que no quería volver a recibir alimentos, nunca más. Se retiraron sin chistar.
A solas, de nuevo, Jeanne se deshizo de sus prendas. Lentamente pero sin ir a rozarse demasiado, sin caer en tentaciones pecaminosas, sin volver a sentir que la piel se le eriza de solo pasar los dedos suavemente por la parte intocable, aquél rinconcito innombrable que se usa para una, si mucho, para dos cosas en la vida. Sin el montón de tela encima, siente el clima templado y la suave brisa que alcanza a colarse por alguna rendija de la puerta. Agacha la mirada y alcanza a ver los pezones erectos, apuntando a las doce, rosados, rodeados de carne firme que forman un busto hermoso, ¡eran perfectos!, pero no lo suficiente.
No le bastaba con recibir decenas de peticiones al día por parte de pretendientes de todas partes de Europa, tampoco con la opinión de su padre, Gran Señor de Le Mans, y menos con la de las decenas de criadas que tenía a su servicio, que coincidía en afirmar su deslumbrante belleza. La consolaba mucho, eso sí, la fama que había adquirido en las fiestas sociales, se decía que era la doncella más hermosa y mejor vestida en muchas leguas a la redonda, levantaba la envidia de todas las mujeres del lugar. De cualquier manera, no era suficiente.
Con un colorete italiano empezó a delinear algunas curvas pronunciadas, auxiliada por el reflejo del espejo del muro, de ese, ahora enemigo, que solía ser bueno con ella. Marcaba unas partes de su cara, repasaba las mejillas, tachaba algunas costillas que se notaban sobre la piel, llegaba hasta unos puntos alcanzables en la espalda, algo de rojo en las piernas, en los brazos, tachó casi todo en los pies, algo de las manos, y listo, tenía listo su mapa.
Sacó un cuchillo de la cómoda Luis XIV y, con paciencia, delicadamente, con ayuda de su, otrora, buen amigo, procedió a cortar las partes que sobraban. Arrancaba algo de carne de allí, de más allá, luego allí arriba, un poco más, algo de abajo también, adelante y atrás, raspaba los huesos que se negaban a salir de su lugar. Después de pulirse un buen rato, pensó que no era suficiente. Se deshizo de diez costillas, luego sacó el hígado y un pulmón, cuidadosa de no ir a estropear nada allá adentro. Luego del trajín, culminó, extenuada. Se limó las uñas, se las pintó de rojo, esperó a que se secaran, se maquilló la cara con sus polvos de la India y su infaltable colorete italiano. Se acostó a reposar, de nuevo, pensando que el dolor nunca podía ser un obstáculo para la belleza, ¡era hermosa!, pero no lo suficiente…

El Sujeto

Mi foto
Hace más de veinte años nací, vengo creciendo, lucho por reproducirme y todavía no he sabido que me haya muerto.