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Dizque fútbol dizque profesional

No es por el poco nivel de competición, tampoco es por la mentalidad pobre de técnicos y jugadores, no es por los patrocinadores locales, ni por las canchas en mal estado, ni por la mafia que permea todas las instancias de nuestro país: es por los hinchas, es por los hinchas fanáticos que el fútbol colombiano ya no vale un centavo. Tuvimos época gloriosa como liga, tuvimos época dorada como selección, pero ahora no somos más que una pequeña cantera de talentos que no funcionan si no tienen sellado el pasaporte. No vamos a engañarnos, el fútbol colombiano está viviendo su peor momento. Cada semana somos testigos de la decadencia que vive nuestro balompié, somos los asistentes del espectáculo tan bochornoso que algunos osan llamarle dizque fútbol dizque profesional.

Para nadie es un secreto que el fútbol, más que un deporte, es un negocio. Y un negocio muy rentable que mueve varias industrias, un negocio donde confluyen los medios, los deportes, el espectáculo y el comercio, un negocio del que dependen miles de personas en cada ciudad. Y no solo acá, el negocio funciona en cualquier parte del globo y el único límite que conoce es el de la legalidad. Un equipo de fútbol, como cualquier negocio, tiene clientes. Los clientes son los hinchas, en gran parte: un equipo sin hinchas difícilmente sobrevive. Cuando un local tiene buenos clientes, el negocio crece y lo mismo pasa con el fútbol. También pasa lo contrario, cuando el local comienza a tener una clientela mala, el negocio tiende a quebrar; es de lógica. En el fútbol es equivalente y cuando un equipo tiene una mala hinchada, empieza a tener problemas para avanzar.

Y no puedo asegurar que todos los hinchas sean fanáticos violentos y bochornosos, lo que sí puedo asegurar es que todos los fanáticos violentos y bochornosos son hinchas. No importa el equipo, todos los planteles cuentan con una cuota criminal en sus hinchadas, ninguno se salva. Es imposible pensar en el fútbol colombiano sin pensar en los hinchas colombianos, así en general: los hinchas colombianos. Eso se nota mucho en las afueras de los estadios, las noticias de peleas entre barristas son de no parar; pero se ve más reflejado adentro, en el juego. Ya los futbolistas no juegan fútbol, simplemente necesitan que los vean. Y no que los vea el hincha colombiano, eso no sirve, eso para qué: necesita salir a ganar mucho dinero en otra liga donde hay buenos hinchas que hacen que los patrocinadores o los dueños de los equipos confíen en que el negocio es rentable y desembolsen el capital que haga falta. Es simple.

Pero no tiene la culpa la liga, ni el equipo, ni la hinchada ―ni siquiera los hinchas violentos, ellos solo son parte del juego―, ni la mentalidad de los jugadores, ni el color del equipo, la culpa es de todos los actores del negocio, es un círculo vicioso que no se acaba ni con campañas de sensibilización, ni carnetización de hinchas, ni cámaras de seguridad de alta definición en los estadios: se cambia de cliente o se cae el negocio. Para mejorar el nivel del fútbol se necesitan mejores hinchadas, más en calidad que en cantidad, una hinchada que sirva de apoyo y no que funcione como obstáculo; una hinchada que pase de tener hinchas a tener seguidores.

Es el deporte preferido por la gente y por los medios, es el deporte más apoyado y más difundido, el deporte con mejores instalaciones para capacitación y entrenamiento, el deporte con más inversión por parte de las grandes empresas, sin embargo nos ha traído más penas que glorias, nos ha dado más muertos que copas, nos ha limitado a ver el fútbol como un negocio. Va siendo hora de dejarlo a un lado, el deporte nacional debe hacernos sentir orgullo y no vergüenza, habiendo deportes con más nivel, con más talla y con más medallas, es tiempo de que les demos más importancia, sobre todo como público, como consumidores. Cuando las empresas vean que el espectáculo cambió de sitio, simplemente cambian sus inversiones. Yo voto por el ciclismo: después de todo, nunca he sabido de un seguidor de Nairo apuñalado por un seguidor de Rigo.

Colombia feminista

Fuente:
 https://pinterest.com/rosiesbandana/rosie-the-riveter-fun/
A raíz de la reciente aprobación de la famosa Ley del feminicidio (Ley 1761 de 2015) en Colombia, me empecé a cuestionar sobre el tema de fondo, el feminismo y todo lo que lo rodea. Después de varias semanas de pensarlo, llegué a una conclusión: Colombia debería ser el primer país feminista. A primera vista parece una idea apresurada, un juicio sin fundamento, pero no lo es para nada. Actualmente, según esa ley, es más grave quitarle la vida a una mujer que a un hombre, eso equivale a que es más importante una vida femenina que una masculina: ya dimos el primer paso.

Como sabemos y como el feminismo se ha empeñado en recordárnoslo―, nacimos en una sociedad patriarcal y no hemos hecho mucho para que la situación cambie; ni hombres, ni mujeres. Colombia, hasta hace poco, era un país machista, regido por hombres para  hombres: las mujeres escasamente ganaban importancia siendo la moza de algún prócer, y cuando llegaban a ser socialmente aceptadas como líderes, a lo sumo, obtenían su cara en algún billete. Pero estuvimos equivocados todo el tiempo, teníamos que mirar hacia otro lado. Pasaron los años y llegaron mujeres inolvidables para el país, Débora Arango, Maria Isabel Urrutia, Blanquita, Natalia París, Luly Bosa, Laisa o Marbelle ―ahora Marvel, como en inglés―.

No nos digamos mentiras, Colombia está en la olla. Estamos jodidos, no hay mucho por hacer acá, a menos de que nos volvamos abiertamente feministas. Todo el problema empezó desde la colonización, los españoles mandaron hombres a colonizar; si hubieran enviado mujeres, probablemente se habrían acabado primero entre ellas antes de arrasar con los pueblos nativos. De ahí para adelante se dañó el asunto porque el país solo ha sido manejado por hombres. ¿Por qué lo digo?, para nadie es un secreto que las mujeres son mejores administradoras, mejores consejeras, mejores analistas, mejores calculadoras, mejores embaucadoras, ¿qué más cualidades necesita un presidente?

Y las que acabo de mencionar son solo algunas de las ventajas que nos llevan las mujeres a los hombres, pero faltan dos muy importantes: tienen un umbral de dolor más alto que nosotros y nos triplican en cantidad. La unión hace la fuerza, y unidas, ellas son más fuertes y aguantan más dolor. Voy a lo siguiente: ellas no son el sexo débil, somos nosotros, a un hombre no se le toca ni con el pétalo de una rosa.  Sería denigrante para el nuevo sexo dominante que lo sigamos tratando como tratamos a los niños. Dejemos que nos cedan el puesto para que se sientan bien, dejemos que nos protejan, que nos paguen la cuenta, que trabajen todo el día para darnos un hogar y poder tener una bonita familia matriarcal.

Ellas, las fuertes y valientes, son las que deben prestar el servicio militar para defendernos de los facinerosos narcoterroristas. Ellas son las que deben realizar el trabajo pesado ―que hasta hoy, era para el nuevo sexo débil―, ellas son las que deben asumir los roles violentos porque han demostrado ser más hábiles con la venganza; nosotros tuvimos la oportunidad y nos la mecateamos en cositas. Como hombres, solo sabemos ensuciar y a Colombia, nuestra casa, la dejamos sucia: no hay nadie mejor que ellas para lograr limpiarla.

No pueden ver a un pobre contento

La primera entrada de este año quiero que sea cordial, deseándoles de antemano mucha prosperidad para este 2016. Pero basta de cordialidades, porque hoy quiero quejarme. Yo sé que no estamos en tiempo de quejas porque apenas empieza el año, pero quiero quejarme: no sé de dónde sale tanto amargado en esta tierra. Está bien que no estén de acuerdo con algo, pero no se deben meter donde nadie los ha llamado; es que es el colmo, ¿a quién, en sus cinco sentidos, se le puede ocurrir ir en contra de lo que identifica a un pueblo entero?

Por más que se rasguen las vestiduras esos que se creen europeos de mejor familia, hay cosas que nunca van a cambiar, menos en diciembre,  menos en Colombia y menos en Medellín. ¿Cómo es posible que un puñadito de pendejos que se indignan con nada, sean capaces de hacer que prohíban nuestras tradiciones? O sea, no les bastó con lograr la desunión familiar en época navideña con la prohibición de las marranadas, sino que ahora quieren que los niños no manipulen pólvora, que no se tiren globos de mecha, que no se cierren las calles sin permisos previos, que no se incineren muñecos de trapo rellenos de pólvora.

Hay que aclarar las cosas: primero, los sacrificios siempre han sido tradición en nuestro pueblo, y no solo en el nuestro, en muchos pueblos. Los Incas y los Mayas, dos de las civilizaciones más avanzadas, ofrecían sacrificios también, a veces humanos. Que agradezcan los amargados que acá solo sacrificamos marranos, así es que mantenemos la unión familiar, ¿cuál es el problema? Segundo, nuestros niños siempre se han divertido con pólvora, desde que tengo memoria, y solo hasta ahora se vienen a preocupar por ellos. Es normal que se quemen, así es que aprenden a usar la pólvora, por lo menos así aprendíamos en mis tiempos y casi todos resultábamos con los dedos completos y los ojos intactos. Nadie puede venir a decirnos qué le podemos permitir a nuestros niños, nosotros sabemos bien lo que ellos quieren. Y tercero, si cerramos las vías y hacemos quemas de muñecos, es porque así se hacen las cosas. ¿Qué quieren, que nos encerremos a las once de la noche a dormir y a vivir la vida normal como si no pasara nada y el otro día fuera otro día igual? ¡Pues no, la pólvora se quema, toda, los globos se tiran, todos, y los marranos se mueren, todos!


Los amargados no han entendido que los muertos por balas perdidas y los incendios en Medellín, son tradición. Los niños quemados solo dan muestra de nuestra idiosincrasia, los mutilados son parte de nuestro folclore y los borrachos, parte del paisaje. Es que no pueden ver a un pobre contento. Que si mata marrano, malo; que si quema pólvora, malo; que si cierra la calle, malo; que si vende licor más barato, malo; que si lo compra más barato, también malo; y las autoridades, incompetentes, por demás, se protegen en la ley para ayudar a los amargados argumentando dizque escándalo en vía pública, evasión de impuestos, falsificación de alimentos y otra clase de sandeces que se inventaron para aguarnos la fiesta a los que más la necesitamos. 

¡Ahora sí siento orgullo!

¡Ahora sí siento orgullo!, ¡esta era la selección que estaba extrañando! A excepción del último partido en la Copa América pasada, pensé que no volvería a ver a mi Selección Colombia jugando de nuevo así. Es que, no es por nada, pero después de la racha positiva que tuvo con Falcao y Pékerman, iban a llegar tiempos negros ―o afrodescendientes, como prefieran las minorías que me están leyendo― para el fútbol colombiano. Radamel estaba en la cima de su carrera y José llegó a ponerle orden al combo desordenado y carente de juego grupal. Pero después del partido de ayer contra Argentina, debo confesar que lloré. Lloré de felicidad con el gol del rival porque vi lo que hacía tiempo estaba esperando: la llegada de la gloriosa Decepción Colombia.

Falcao no sirve cuando está lesionado o en bajo nivel y a Pékerman se le salió de las manos el grupito. O sea, no es que Teo llegue armado al camerino, como antes, o que alguno de los muchachos esté dañando vértebras, como Zúñiga en sus buenos tiempos, lo que pasa es que ya no les da para más. Llegaron a un mundial y eso fue bastante. Pasaron a instancias importantes y eso ya fue la tapa. Esos partidos fueron los peores de mi tricolor, ¡no parecía Colombia! Pero dicen que después de la tormenta llega la calma, y de todo corazón, espero que esto que volvió a comenzar no se acabe jamás.

Así es que tenemos que jugar de ahora en adelante, como jugamos contra Argentina, sin ganas, sin talento, sin ideas; sin juego. Así tiene que ser siempre, un equipo con figuras en buenos equipos del extranjero que cuando se juntan a tocar un balón, se les olvida para qué los llamaron. Una selección de jugadores que solo brillan en el exterior, donde hay ligas que sí juegan al fútbol. Una grupo de estrellas autómatas pero mal automatizadas que salen al campo a darlo todo para hacer el ridículo. Porque perder así, con el otro arco en ceros, contra la peor alineación de Argentina de las últimas décadas, sin Messi, con James empujando a los compañeros, desesperado: eso es hacer el ridículo. Así es que tenemos que jugar de ahora en adelante, a perder con ganas. Y ya que menciono a James, veo que los haters del que a veces juega en el Real Madrid pero es más conocido por modelar calzoncillos o bailar el Ras Tas Tas, andan reclamándole dizque liderazgo; que un líder no trata así a sus compañeros, que un líder aporta juego y no críticas destructivas y bla bla bla, pura envidia. James no tiene que liderar nada porque en ese equipo no hay nada para liderar. Además, ser líder es una responsabilidad muy grande como para dársela a un jovencito que, como mucho, puede sostener una conversación corta sin repetir dos veces la misma sílaba.

Me siento orgulloso de que un cretino de esa calaña sea la cabeza visible de mi selección, me siento orgulloso del juego feo que ha caracterizado al equipo de estos años, me siento orgulloso de la hinchada tan fiel y tan asesina que tiene, me siento orgulloso de sentir orgullo ante la derrota, y sobre todo, me siento orgulloso de los publicistas colombianos, porque dejémonos de pendejadas, ¡así es que se vende una cerveza!

No faltaba más

        Todavía no creo que sea cierto lo que está pasando. Desde que empezaron a investigar al ex presidente Uribe, no me había sentido con tanto dolor de patria. Ni siquiera cuando le entregaron el país a la guerrilla; ni siquiera en ese momento me sentí tan agredido. Desde ayer y gracias a la Corte Constitucional, las parejas homosexuales tienen el derecho de adoptar hijos en Colombia: ahora resulta que además de ser un país en desarrollo, somos cultural y sexualmente diversos. ¡JÁ!, permítanme que me ría. Esta es, ha sido y será una sociedad fundada en y regida por las bases machistas del catolicismo alcanforado y nada, léase bien, NADA va a lograr cambiar las conciencias corroídas de tantos compatriotas. Ni los políticos con sus leyes incluyentes, ni los discursitos humanistas que hablan de igualdad, menos con esa estupidez de los derechos humanos. Es obvio que se equivocaron y ya van a ver por qué.

        Ahora nosotros, los ciudadanos de bien, tenemos que soportar que las minorías hagan con el país lo que se les venga en gana. Niños criados por dos papás o dos mamás van a tener que convivir con los nuestros, que a duras penas conocen a la que los parió. ¿Qué van a decir nuestros hijos cuando vean que hay niños que no reciben golpes en la casa?, ¿qué van a pensar cuando entiendan que un niño puede ser normal si los padres son homosexuales?, ¿acaso van a llegar con las mañas del respeto a la diversidad? ¡No faltaba más! Mis hijos no van a respetar nada, menos la diversidad, menos la sexual y menos, aún, la diversidad sexual de un montón de maricas. Las cosas son como son y nada tiene por qué cambiarlas. Si no nos respetamos los derechos entre heterosexuales, ¿por qué vamos a tener que respetarle los de los homosexuales? Hay que pensar bien.

        Y no me estoy quejando por quejarme, realmente me siento inconforme con la decisión, creo que agredieron mi moral, la moral colectiva, irrespetaron el sagrado significado de la familia. Los niños tienen que saber que la familia tradicional colombiana está conformada por una madre soltera con vagina legítima, un padre ausente ―con pene real― y unos hijos bastardos. Que a veces, solo a veces, los hijos tienen la fortuna de convivir con ambos padres pero con la condición de que el papá ―con pene real― sea quien ejerza el control por medio de la violencia; la mamá ―con vagina legítima― a veces violenta, pero es una función netamente paternal. En la familia tradicional colombiana es normal el consumo de drogas en frente de los niños, la violencia física es pan de cada día y ni hablar de la tortura psicológica o de los traumas. Cualquier grupo con vínculo sanguíneo que se salga de esos parámetros, no merece ser llamado familia. Al menos no aquí.

        No nos podemos hacer los ciegos frente a todo lo que se avecina. Me preocupa lo que puedan pasar en un futuro, porque es eso lo que más me intimida: el futuro. No es por el derecho a la familia que tienen todos los niños, no. No es por el hecho de que parejas de homosexuales vayan a salvarle la vida a un puñado de inocentes que nacieron perdidos, no. No es por el hecho de que todas las personas tengamos los mismos derechos sin importar la identidad sexual, no. Tampoco es porque haya que darle prioridad a los problemas de la niñez colombiana, ni mucho menos, eso no importa. Todo esto es por el orgullo, por el orgullo hetero. En Colombia, toda la vida hemos pisoteado la dignidad de los homosexuales, ¿por qué vamos a tener que empezar a respetarlos ahora?

        Este es un llamado a toda la comunidad HMGDB (Hombres, Mujeres y Gente De Bien) para que nos unamos y hagamos sentir nuestra voz de protesta. Somos mayoría y no hay nada más peligroso que un montón de gente ofendida y sin educación: porque eso somos, estamos cansados de que nos pisoteen la honra, necesitamos hacernos respetar y si es necesario, exigiremos el respeto a los golpes, como hemos venido haciendo por años. No podemos permitir que un puñado de gente con gustos diferentes a los nuestros quiera criar a los niños que hemos abandonado al azar con tanto esfuerzo, porque eso es lo que significa todo esto: ellos quieren criar los hijos que botamos nosotros, los respetables y honorables heterosexuales de bien. 

Todavía tengo tiempo

        Entré al bar rogando por un trago. Los chicos estaban jugando su pago en las cartas. Las dos tragaperras estaban atrofiadas. Henry me sonrió. El tipo no sonreía. Parecía sorprendido.

        ― ¿Qué pasa con mi whisky?
        ― No te muevas de ahí.
        ― ¿Qué puede ser tan importante?
        ― ¿Y lo preguntas?

        Echó dos hielos sobre un vaso que tenía algo de contenido. Me lo entregó. Lo vacié. Otro, dije. En seguida, dijo. Había solo tres mesas ocupadas. Los jueves en la tarde no hay mucha gente bebiendo. O sí, pero no en el bar. Estaba solo. Solo relativamente.

     Henry me entregó el vaso. Menos hielo que la primera vez. Volví a desocuparlo en un solo viaje. Seguía mirándome con sorpresa. A mí me incomodaba que alguien supiera algo sobre mí que yo no supiera. Yo no sabía.
       
        ― ¿Qué pasa?, ¿nunca has visto a un hombre de verdad?
        ― Te entiendo. Yo tampoco quisiera hablar del asunto.
        ― ¿Cuál asunto?
        ― Anoche.
        ― ¿Qué pasó anoche?
        ― No sé, eso quiero saber.
        ― Pues yo también.

        Ahí empecé a recordarlo todo: no recordaba nada. Llegué al bar, como de costumbre, dijo. Entré mojado y dando tumbos porque llovía y estaba ebrio, dijo. Insulté a dos maricas que estaban usando el baño sin estar bebiendo, dijo. Llegué a la barra y le pedí un arma, dijo, también. No le pedí un trago, le pedí la escopeta, dijo. Necesito matar a ese cabrón, dije, dijo. Henry trató de calmarme, dijo. No sabía a cuál cabrón me refería, dijo. Le rogué que me vendiera la escopeta y le dejé sobre la mesa un par de billetes de cien, dijo.

        ― ¿Y por qué me vendiste una escopeta?
        ― ¿Qué podía hacer?, no sabía quién era el cabrón.
        ― Te hubieras asegurado antes.
        ― Yo confío en tu criterio.
        ― ¿Estaba cargada?
        ― Tenía un cartucho.

Un solo cartucho alcanzaba para matar a un cabrón. Me fui del bar dando tumbos y mojado. Como había entrado, dijo. Salí refunfuñando, diciéndole cosas a los que estaban, dijo. También quise darle una patada a la puerta pero fallé y casi me caigo, dijo. Lo importante del caso era que yo estaba bien, dijo. Miré el reloj y me despedí. Apuré a pagar los tragos.
       
        ― ¿Te vas tan temprano?
        ― Tengo tiempo de encontrar el cadáver y la escopeta. Todavía tengo tiempo.

Unos cuantos mitos electorales

Desde que tengo registro lógico de mi aprendizaje, a lo largo de todos estos años, he recibido instrucciones para muchas cosas. Entre esas, me han sabido educar en civismo y sociedad, ya en los primeros días de colegio me enseñaban sobre el voto, la democracia, los derechos, los deberes, los asuntos de país, de ciudad. Pero fui creciendo y noté que lo que me habían enseñado estaba mal: no era su intención, simplemente todo cambiaba en Colombia. Hoy quiero desmitificar aquellas cosas que nos han mal-enseñado para que no haya problemas éticos a la hora de tomar alguna decisión.

Mito #1: la democracia es el gobierno del pueblo.
Empiezo por el principio, lo que todos creemos saber. Que democracia es cuando la mayoría está de acuerdo con algo. Pero la democracia es la manera más creíble que encontraron los gobernantes para quedarse con el poder. Da la impresión de justicia a la hora de elegir los candidatos porque permite que los ciudadanos se sientan con la responsabilidad de elegir bien, los incluye a casi todos. Obviamente no es el gobierno del pueblo, es más, el pueblo jamás va a poder gobernar por medio de la democracia, menos por medio de la democracia colombiana, la más grande del mundo, donde votan presos, soldados y muertos.

Mito #2: su voto suma, su voto sirve.
Se supone que el candidato que reúna el mayor número de votos a su favor es el que gana la contienda. Se supone, también, que esos votos son los que la ciudadanía proporciona desde su derecho al voto. Pero esas suposiciones no cuentan en nuestro país: su voto puede que vaya a parar a algún riachuelo, puede que resulte adulterado, puede que aparezca anulado o puede que no aparezca. Lo que importa no es su voto, lo que importa es su presencia en las urnas el día de las elecciones. Lo que importa es que usted vaya y haga su aparición, ellos deciden a quién le dan su voto.

Mito #3: el voto es libre.
No es libre cuando todo el día le están diciendo por quién votar. No es libre cuando hay candidatos mediáticos. No es libre cuando el voto está condicionando la paz. No es libre cuando el voto condiciona la guerra. No es libre cuando hay politiquería. No es libre cuando hay proselitismo. No es libre cuando juegan con el hambre. No es libre cuando juegan con la pobreza. No es libre cuando juegan con la ignorancia. No es libre cuando hay campañas sucias. No es libre porque siempre hay campañas sucias.

Mito #4: votar es un deber de todo ciudadano.
El deber no es votar, el deber es elegir. “Elegir a los gobernantes de acuerdo con su conciencia”, es decir, cada ciudadano tiene el derecho de juzgar éticamente a los candidatos para ver qué opciones tiene. El hecho de no votar también es elegir. Es elegir nada. Es elegir no hacer parte de la pútrida maquinaria electoral que el país sufre cada cierto tiempo y las jugadas sucias de sus participantes. No votar es poner por delante la dignidad, porque eso sí es un deber: “rechazar todo intento de agresión y violencia contra la dignidad humana”. Si no considera indigno todo este circo, allá usted y su familiar político.

Mito #5: si no vota, no puede hacer reclamos.
Claro que sí se vale reclamar. Hay que reclamarle, primero, a los que votan porque votan. Acá no se vota bien, ni mal. Acá no hay voto inteligente, no hay voto por interés, las encuestas no dicen nada, los conteos son absurdos y contradictorios; todo se trata de especulación, tráfico de influencias, dinero y poder. No hay garantías para que el voto sirva, pero sirve la cifra de votantes. Eso es lo que les interesa. Hay que reclamarle, segundo, a la clase política del país por ser como es, por manejar a millones de personas como un simple negocio, de poner sus intereses personales por delante de los generales, por seguir haciéndolo y por seguir intentándolo. Y por último, hay que reclamarle a los medios de comunicación, sobre todo a la televisión, por deformar la audiencia, por llenarla de mierda, por entretenerla con el objetivo de captar la atención para desviarla, por permitir que la cochinada de la política llegue a los hogares en forma de chisme, todo eso por intereses económicos.

Unos tips electorales

Se acercan las votaciones y se va sintiendo en el ambiente la puja que hay entre candidatos. La gente está hablando del uno y del otro, pero nadie tiene seguridad sobre lo que cree que piensa. Quieren votar por alguno, luego aparece alguna información negativa y de inmediato cambia el panorama. Pero no se preocupe, yo le voy a dar unas cápsulas, unas pistas, Unos tips electorales para que no se sienta perdido, con mis consejos, va a tener más claridad a la hora de depositar uno o dos de sus votos.

Tip #1: desconfíe. Del político, de la campaña, del partido, de su capacidad de elección. Desconfíe siempre, es el mejor consejo y por eso es el primero. Desconfíe del político, porque nunca le va a decir la verdad. Desconfíe de la campaña porque siempre le va a mostrar lo que usted quiere ver. Desconfíe del partido político porque siempre lo va a encabezar el más infame. Desconfíe de su capacidad de elección porque siempre va a estar engañado.

Tip #2: dude. Ya sabe que todos van a tratar de engañarlo, independiente de las propuestas que tengan. Ya sabe que solo necesitan que usted acuda a las urnas y se decida por alguno de los que le muestran, que no van a hacer nada por usted, su comunidad o su sociedad. Ya sabe que ninguno ha hecho algo por usted, su comunidad o su sociedad. Si eso no le genera dudas, entonces dude de su raciocinio o de su inocencia.

Tip #3: deseche. De los candidatos que tiene la contienda, es máximo uno el que lo debe convencer. Hay una gran probabilidad de que todos los candidatos sean decepcionantes, pero a veces hay comida rescatable en la basura. No se apure, tómese su tiempo y comience a evaluar. Esta manzana está podrida desde siempre, entonces no. Este mango tiene gusanos rojos, a la basura. Este zapote parece bueno pero está rodeado de mierda, a la basura. Este pan está duro y tiene nexos con algún para, a la basura. Y así, de a poco, puede ubicar al candidato que busca. Pero puede que no.

Tip #4: investigue. Puede que haya uno o dos candidatos que le llamen la atención y que, dentro de todo el estiércol electoral, aparece algo medianamente rescatable. Es el momento de informarse: primero conozca la Constitución, luego de entender sus deberes y sus derechos, infórmese sobre las propuestas de los candidatos que no lo han terminado de decepcionar y, por último, verifique que sean desarrollables; nada peor que votar por elefantes rosados voladores. Busque referencias de las propuestas que le llamaron la atención en otros lugares, analice datos, contextualice el resultado ajeno y tantee.

Tip #5: juzgue. Son políticos y su vida política debe ser pública. ¿Por qué?, porque son personajes públicos que manejan recursos públicos. No debe confundir vida política con noticias de farándula: no importa que el candidato haya hecho presencia en el banquete benéfico ni en el lanzamiento del libro de alguno de sus amigos, importa que sea honesto, transparente, incorrupto y bueno. Que no tenga ni haya tenido procesos legales abiertos, que no haya una sola queja suya en alguna central de riesgo, que no haya tenido un arma en su mano, que sea de perfil humanista y no administrador o economista únicamente, que tenga posturas inteligentes ante la problemática social. En resumen, que no robe, que no mate, que respete, que sea coherente. En los puestos públicos tienen que estar las personas con mayor calidad humana posible.

Teniendo claros los pasos anteriores, la elección va a ser la más adecuada. No digo que la mejor, porque en este país ninguna elección es la mejor: lo mejor es no elegir, por amor propio. De todas formas, si usted decide participar en el fraude electoral colombiano, está en todo su derecho. No obstante a lo anterior, puede que haya quedado con dudas y espero aclarar alguna: yo no le puedo decir por quién votar, pero le puedo indicar por cuáles no hacerlo.

·         No elija al candidato populista. Aparece solo cuando lo necesita.
·         No elija al candidato guerrerista: ya sabemos en qué termina todo.
·         No elija al candidato que puntea la$ encue$ta$.
·         No elija al último candidato en las encuestas.
·         No elija al candidato mediático, lo bueno no necesita propaganda, en cambio lo malo...
·         No elija al candidato que asesore J.J. Rendón. No se acerque a J.J. Rendón.
·         No elija al candidato de la tarjeta que le entregan en la calle.
·         No elija al candidato que le promete acabar la pobreza.
·         No elija al candidato avalado por Uribe, no es éticamente apto.
·         No elija al candidato que contrata la orquesta.
·         No elija al candidato que le ofrece comida. Coma, pero no lo elija.
·         No elija al candidato que se encomienda a Dios.
·         No elija al candidato con la propuesta innovadora: solo son prototipos.
·         No elija al candidato progresista.
·         No elija al candidato que se adhiere a última hora al partido.
·         No elija al candidato que evada preguntas.
·         No elija al candidato que use propaganda negra. Es obvio para algunos, pero no sobra resaltarlo.


¿Paz?, ¡ésta!

Ya había dicho alguna vez que Colombia se levantó entre muertos. Sabemos que en la conquista hubo mucha sangre y de ahí en adelante, hasta nuestros días, está la misma cantidad de líquido vital circulando bajo nuestra suela. Estamos hablando de 513 años, cinco siglos, desde 1502 que hubo desembarco en estas tierras por parte de los españoles, cuando Colombia no era ni siquiera una idea, cuando no éramos más que un montón de tribus asentadas en un territorio. ¿Y qué tiene que ver el martirio de nuestros antepasados con lo que vivimos ahora? Si de algo sabemos es de violencia, todos tenemos algo de sangre derramada, nadie se salva: Colombia siempre ha sido un país violento de gente violenta que vive y, obviamente, muere violentamente. Nadie puede ser tan ignorante como para asegurar lo contrario: y eso que tenemos una de las tasas más altas de analfabetismo en América.

Colombia jamás va a llegar a la paz; ni siquiera a una de tantas de sus definiciones, y todo es gracias a varios puntos que voy a tocar a continuación.

Primero. La guerra es el mejor negocio después de la religión. Lo primero que se debe entender es que la guerra es un negocio lucrativo y si hay dinero de por medio, es prioridad nacional. Muchos colombianos (influyentes o no) viven de la guerra. Algunos llegan a vivir muy bien, y solo por esos, solo por los que viven bien de la guerra, es que no se puede acabar. No lo van a permitir. La sangre es el precio.

Segundo. Colombia es un país de gente poco pensante. En general, católicos que beben licor y no leen, según las estadísticas. El problema no es que sean católicos, o que beban licor, o que no lean: el problema es que hacen todo eso a la vez. Eso nos convierte en una jaula de simios creyentes violentos medianamente conscientes: a eso se reduce nuestro material humano, por eso tenemos una media de 84 puntos de cociente intelectual, el equivalente al de una babosa con síndrome de Down recién nacida.

Tercero. Somos una democracia. Pero, ¿qué tiene de malo una democracia? El meollo, en este caso, son los simios creyentes violentos medianamente conscientes (o babosas con síndrome de Down recién nacidas, como prefiera), que en su afán de participar en cualquier certamen que los favorezca, hacen lo peor que saben hacer: elegir. El problema no es la corrupción de los gobernantes, ni el bipartidismo, ni el tráfico de influencias, el problema son los que votan, los que han votado y los que van a votar.

Cuarto. Colombia no sabe lo que necesita. Desde el principio ha sido así: nos compraron con espejos, luego con un gobierno “propio”, luego con el fútbol y los reinados. Hoy nos venden la paz y nosotros aceptamos. ¿Educación?, no, gracias, mejor la paz. ¿Derechos humanos?, ¡por favor!, necesitamos paz. ¿Equidad social?, ¿dignidad?, ¿infancia?, ¿alimentación?, ¿respeto a la vida?, ¡pamplinas!, ¡PAZ! Nos han resumido los problemas del país en una sigla (FARC), nos han hecho pensar que el enemigo es solo uno para poder invertirle la mayoría del capital a su negocio, la guerra.

Quinto. No nos importa. Sabemos que nos hace falta educación, pero no nos importa. Sabemos que nos hace falta civismo, pero no nos importa. Sabemos que nos hace falta cultura, pero no nos importa. Sabemos que nos hace falta respeto, pero no nos importa. Sabemos que nos hace falta conocimiento, pero no nos importa. Sabemos que tenemos una historia, pero no nos importa. Sabemos que no nos importa, pero no nos importa.

Sexto. No nos importa y estamos orgullosos. No nos basta con demostrar que estamos mal, necesitamos celebrarlo a como dé lugar. Ojalá con bastante licor. Y con putas, porque aunque tenemos, no nos gusta que las llamen así en el exterior. Para eso sirve el orgullo que tenemos, para defendernos de los ataques externos, no para hacer valer nuestros derechos (entre otras cosas, porque no existen).

Séptimo. No tenemos memoria. Ni memoria histórica, ni cultural, ni lingüística, ni social, ni nada. No tenemos memoria de nada. Un día estamos llorando a un prócer y al otro estamos celebrando con el asesino. Nos olvidamos de los agravios a la constitución, nos olvidamos del bambuco, nos olvidamos de los desaparecidos, de los desahuciados, del anciano, del niño, del pobre, del rico, del feo, del lindo. Somos el mismo país de siempre.

Octavo. No tenemos raíces. O sí tenemos, pero no sabemos cuáles son. Se extraviaron en el camino, las perdimos o nos las robaron. No escuchamos cumbia, ni guabina, ni bambuco, ni pasillo, ni currulao, ni  mapalé, ahora tenemos el Ras Tas Tas. Nuestro segundo idioma es el inglés, jamás el wayuunaiki, el muisca o el quichua. Nuestro atuendo se compone de prendas de Tailandia, China o Singapur con etiquetas europeas o estadounidenses. Nuestras manifestaciones artísticas no son realmente nuestras. Nuestra identidad realmente no es nuestra, es comprada y salió muy barata.

Noveno. No tenemos sueños. Al mejor puesto que puede aspirar un colombiano es al de presidente, y ya eso es tocar fondo, es tener la reputación más baja de todas. El mayor logro que puede tener el colombiano común es adquirir una capacidad de endeudamiento tan amplia que pueda acceder a un vehículo, una casa y un pedazo de tierra para disfrutar la vejez de manera poco tormentosa junto a su descendencia. Nada se planea: ni los hijos, ni la muerte, mucho menos la vida. Nada se cumple: todo se incumple. Nada se puede: todo se posterga. No tenemos sueños porque no valen nada, los sueños no dan de comer; o eso dicen.

Décimo. No tenemos alternativa. Como están las cosas, nosotros somos como somos porque así nos toca ser. El pobre es pobre porque es bruto. El bruto es bruto porque es pobre. El bruto es pobre porque es bruto. El pobre es bruto porque es pobre. El rico es rico porque el pobre es bruto. El rico es rico porque el bruto es pobre. El rico es rico porque no es ni bruto ni pobre. El pobre es pobre porque elige al rico. El rico es rico porque no elige al pobre. No tenemos alternativa. Un libro vale más que una botella de aguardiente. El pobre va a seguir siendo pobre porque va a seguir siendo bruto. Y el rico va a seguir cobrando las rentas de la guerra que se alimenta de sangre de pobres brutos.

Si va a tener mascota...

Casi todos, si no todos, hemos tenido o tenemos al menos una mascota en la vida. Generalmente nuestro primer contacto con los animales es a corta edad y como niños, no tenemos claro nuestro papel ante esa situación, entramos a depender directamente de lo que hemos aprendido de nuestros referentes adultos. Por eso es frecuente escuchar que el niño metió al pollito en el microondas para que se secara o que abrazó tan fuerte al canarito hasta que le sacó las vísceras. Para ser sincero, lo que aprendemos de pequeños es que los animales deben estar encerrados y dependiendo de lo que nosotros, los humanos, queramos que pase.

Pero tener mascota debe significar otra cosa, otra cosa totalmente distante a lo que nos enseñaron. Acá van 10 consejos para tener mascota de un sujeto que no tiene mascotas.

Primero. Si va a tener mascota, sepa por qué la quiere. Si se siente solo y quiere compañía, busque amigos. El pobre animalito no tiene la culpa de su carente habilidad para socializar, el animal nació para estar tranquilo en su hábitat y no tiene la necesidad de estar encerrado con algún malnacido asocial que a duras penas sabe sostenerse en pie. Un animal es como un hijo, debe estar para toda la vida, por más que estorbe. Si no sabe por qué la quiere, mejor no tenga mascota.

Segundo. Si va a tener mascota, piense qué tipo de mascota puede tener. Es loable el hecho de querer salvar las ballenas del Pacífico, pero, ¿dónde las va a albergar?, ¿dónde va a comprar el plancton?, ¿dónde las va a bañar? Hay animales domesticables, seres que se adaptan a espacios reducidos y no necesitan del exterior, pero hay otros que sí. Si no sabe qué mascota puede tener, mejor no tenga mascota.

Tercero. Si va a tener mascota, tenga dinero. Usted no es nadie para creerse dueño de ningún ser en el planeta, es tan inferior que necesita controlar una vida diferente a la suya, pero ya decidió tener mascota. Ahora, asegúrese de que tenga comida siempre, y de la mejor, de la que le gustaría que le dieran a usted. También debe haber lugar para la salud: vacunas, castraciones, desparasitaciones o alguna emergencia que se presente. Todo eso cuesta dinero, a veces mucho. Si no tiene dinero, mejor no tenga mascota.

Cuarto. Si va a tener mascota, tenga tiempo. Su perro no tiene la culpa de que usted trabaje y no lo pueda sacar a hacer sus necesidades fisiológicas a tiempo, su gato no tiene la culpa de que usted estudie y lo deje encerrado con su depresión; si decidió tener un animal fue porque tiene tiempo para dedicarle. Puede que el animal no razona, pero siente. Siente la soledad, el abandono, la ignorancia, el animal sufre por cada hijo de puta que no le dedica el tiempo que necesita. Si no tiene tiempo, mejor no tenga mascota.

Quinto. Si va a tener mascota, tenga espacio. Todos los animales necesitamos un espacio mínimo para movernos, también necesitamos un espacio para los desechos del cuerpo, uno para dormir, uno para limpiarnos, TODOS LOS ANIMALES, no solo los humanos. El canario no tiene la culpa de la falta de cerebro de la señora que lo tiene encerrado en la jaula, tampoco el perro tiene la culpa de estar encerrado en el balcón o en el patio por la gonorrea cerebral de su cuidador, menos el gato, amarrado a la pata de la silla. Antes de tener un perro, un canario o un gato, hay que entender que ellos necesitan espacio, a veces mucho. Si no tiene espacio, mejor no tenga mascota.

Sexto. Si va a tener mascota, tenga paciencia. Ningún animal se comporta bajo los parámetros normales del comportamiento humano, ni siquiera nuestros primos cercanos, los primates. Si tienen ganas de orinar, buscan el lugar que ellos consideran adecuado y lo hacen. Si van a vomitar, pasa lo mismo. Si están estresados o quieren alguna cosa, van a destrozar unos cuántos objetos y, eso, dentro de lo normal. Si no está interesado en tomarse el tiempo para observar el comportamiento y lograr entenderlo, si no tiene paciencia, mejor no tenga mascota.

Séptimo. Si va a tener mascota, no la torture. El hecho de que su educación haya sido a base de golpes y no de ejemplo, no quiere decir que todos los burros aprendan a golpes. Usted, le repito, no es nadie en este planeta, no tiene el derecho a violentar ningún ser, menos uno indefenso. Si consiguió un animal, entienda que va a tener problemas por todo, los animales no entienden la conducta humana y no les interesa adoptarla, de ser así, ya se comportarían de esa manera. Tampoco le ponga trajes ridículos, ellos ya tienen pelaje; menos si son de equipos de dudosa categoría en algún torneillo tercermundista, aunque ellos no puedan hablar, tienen dignidad. Si va a torturar a su mascota, no sea malparido, mejor no tenga mascota.

Octavo. Si va a tener mascota, instrúyase. Usted tiene que saber qué come, por qué lo come, cómo lo come, con qué lo come, para qué lo come, dónde se consigue, cuánto vale, cómo se hace, dónde se bota, cómo se cultiva. Además debe saber sobre anatomía de su animal, sobre razas, debe tener conocimientos básicos de biología y hasta de química. Es usted quien debe adaptarse al animal, no viceversa: él no tiene que comer lo que usted le ofrezca, usted le tiene que ofrecer lo que él come. Si no va a instruirse, mejor no tenga mascota.

Noveno. Si va a tener mascota, dedíquese. No basta con tener el tiempo, no basta con tener dinero y no basta con tener espacio: hay que tener disposición. Para sacarlo a pasear, para buscar métodos adecuados de adiestramiento, para jugar, para acariciarlo, para bañarlo, para alimentarlo. Un animal no es un cactus que no requiere demasiados cuidados, no es cuestión de conseguirlo y dejar que viva su vida como pueda. Menos, dejarlo abandonado, regalarlo o descuidarlo: esa es una vida que depende de usted y es su obligación hacer que cada segundo de ella, sea feliz. Si no va a dedicarse, mejor no tenga mascota.

Décimo. Si va a tener mascota, mejor no tenga mascota. ¿Qué necesidad tiene de sacar a un animal de su hábitat?, ¿qué autoridad tiene para creerse dueño de una vida?, ¿quién lo hizo amo?, ¿por qué se cree superior a su perro o a su gato? Déjelos libres. Si quiere convivir con animales, váyase para la selva. Si quiere ayudarlos, no los torture. Si quiere tocarlos, aguántese. Si quiere montarlos, mátese. Déjeles alimento donde pueda, bríndeles agua, baño, espacio, cuidado, lo que quiera, pero no se crea el dueño, realmente no lo es.

Ya entendimos

Otro partido perdido, otro título que se le escapa a la tricolor. Otra ilusión que se desinfla y cae al mierdero de la realidad. Otra vez perdimos la oportunidad de demostrarle al mundo lo buenos que podemos llegar a ser, o eso creímos. Perdimos contra Argentina en penales, la suerte no estuvo de nuestro lado, ni el éxito y tampoco el talento. Ospina nos salvó de una goleada tremenda, pero no pudo salvarnos de la humillación: Colombia perdió con méritos, jugó a perder y lo dio todo para que eso sucediera. Mientras la hinchada esperaba emotiva a que se diera ese 5 – 0 a favor, terminó el partido con dos visitas muy esporádicas al arco contrario y una pena terrible ante el mundo, porque por fin entendimos que futbolísticamente, valemos mondá. Y extralarga.

Ya entendimos que no era por el árbitro, que no era culpa de Neymar y sus amigos, entendimos que no era por la altura, ni por el frío, ni por el calor, ni por La FIFA, ni por la Conmebol, ni por la AFA, ni por nadie más que no fueran los protagonistas del equipo colombiano, contando a Pékerman. Ya entendimos que Colombia está para rellenar torneos, que no merece y no es capaz de pelear un certamen competitivo, que por más jugadores colombianos que estén triunfando en el fútbol europeo, no se va a lograr mucho. Entendimos que ni James, ni Cuadrado, ni Falcao, ni Zúñiga, ni Teo, ni Ospina juntos, pueden contra un equipo sólido que entra a jugar al fútbol.

También entendimos que no podemos celebrar antes de tiempo, que no podemos dar por ganado ningún partido y, más que eso, que podemos perder contra Bolivia o contra Costa Rica en cualquier momento. Entendimos que la fe mueve montañas pero no marcadores, que los partidos se ganan con juego y no con ganas, que el fútbol se trata de talento y no de fanatismo, que los goles se hacen o se cuentan en contra: entendimos que Colombia no es ningún equipazo y si no es por la mala puntería de los delanteros argentinos, estaríamos ante otra goleada vergonzosa.

Por eso la bochornosa jornada de ayer fue educativa para todos, tanto jugadores como espectadores y fanáticos: a la selección le enseñaron de baile y de fútbol, le enseñaron de clase en la cancha, le enseñaron de juego, de estrategia y de huevos. Los fanáticos aprendieron básicamente dos cosas; primero, a callar, si no fueran tan bocones, la vergüenza sería menor y, segundo, a pensarlo dos veces antes de defender lo indefendible.  Los espectadores aprendimos a diferenciar a Un Equipo de un equipito, porque se notó la distancia entre el fútbol de unos y el intento desesperado por tocar la pelota de los otros. Colombia debió aprender que no se puede apoyar a una selección inflada a punta de piropos en revistas de farándula.

Linchaos los unos a los otros

¡Pero claro que hay que lincharlos! Como ciudadanos de bien, honrados, llenos de valores, tenemos derecho a matar a golpes a cualquiera que se nos entre en gana y con la saña que sea necesaria en cada caso. ¿Cómo es posible que dejen libres a esas ratas inmundas que lo único que hacen es robarnos las cosas a nosotros, los buenos, que solo matamos a golpes y en turba? Es increíble que la justicia de este país nos tenga tan acorralados que lo único que se nos ocurre hacer es matar; matar para que no haya más muertos. Que no haya más muertos de los buenos, de nosotros, de los ciudadanos llenos de valores. No importa lo que se haya robado, ladrón es ladrón: cualquier día es uno la víctima y se gana una puñalada de algún hijueputa.

Nos urge que legalicen el porte de armas, necesitamos con prontitud un cambio en la legislación que nos permita defendernos de esa gentuza que solo intenta vivir de nuestro esfuerzo, de nuestra honradez, de nuestras buenas mañas. Las leyes están hechas a favor del ladrón y en contra de la turba asesina, el primero puede hacer lo que quiera pero nosotros, los buenos, podemos ir a la cárcel, como si matar una rata fuera algún crimen. El pueblo se cansó de aguantarse la impunidad y por eso, en aras de salvaguardarla, está matando impunemente al que se le atraviese. Porque no solo deben morir molidas las ratas sino todos sus cómplices, los defensorcitos de derechitos humanitos, esos que no apoyan los linchamientos y pareciera que están del lado del criminal. Para ellos también hay palo, la próxima vez.

Lo que nos tiene mal es la desunión de la gente, la falta de pertenencia por el lugar que nos correspondió: cuando vea que hay un ladrón acorralado, acérquese al tumulto y aporte un grano de su evolución, para eso le dieron el pulgar oponible, para utilizarlo con inteligencia. Para eso le dieron la conciencia, para utilizar su fuerza bruta. Porque ya no se nos ocurre nada más con ellos, con la violencia que ejercen, por eso es que los estamos matando. Pero con valores. Porque eso sí, pregúntele a cualquiera de la turba asesina, puedo asegurarle que ninguno ha robado nada: todos pagan impuestos, compran todo original, en la vida han descargado música, películas o algún material con exclusividad, no saben nada de contrabando y siempre han devuelto las candelas prestadas: podemos tener presuntos asesinos despiadados, pero jamás de los jamases vamos a tener ladrones. Impensable.

Es sabido por todos ―menos por los que se quieren hacer los ciegos― que nuestro objetivo no pretende ser negativo y que, por el contrario, buscamos educarlos, tanto como nosotros; por eso no golpeamos a la víctima, acariciamos a la ratica. Nuestros excelentes valores morales nos ponen por encima de cualquiera que no piense igual y nos obliga a enseñar un poco de civismo por los métodos más eficaces. Le podemos asegurar que con la primera linchada, el ladrón va a entender que robar es malo y va a dar con un mejor estilo de vida buscándose otro empleo. Es más, después de eso, la ex rata no va a guardar ni odio ni resentimiento, no va a tener acceso jamás a una navaja ni a una pistola y menos, va a tener ganas de cobrar venganza a la sociedad por una paliza que le dieron.

O sin irnos a los extremos, podemos dejarlo inconsciente y sin una mano: así no va a poder robar nunca, como hacen en los países menos civilizados de Asia. Al violador le podemos cortar el pene para que nunca lo vuelva a usar de mala manera, y además, le escondemos todos los palos que tenga disponibles para que no se le ocurra empalar a nadie, ya que no cuenta con instrumentos propios. Y al mentiroso, le mochamos la lengua para que reflexione y comprenda cómo es que debe hablar. Al bizco le sacamos los ojos con el fin de que corrija su mirada. Y así, sucesivamente y con el pasar de los muertos, lograr la tan anhelada raza perfecta que llevamos buscando por tantos años, con gente decente y repleta de buenos valores, como lo quisiera nuestro Procurador.

Por eso y por más razones que todos conocen ―menos los que se quieren hacer los ciegos―, hago un llamado al pueblo para que reflexione y se cuestione sobre sus valores, ¿cómo es posible que a esos ladronzuelos los suelten al otro día pero a cualquiera de nuestros honorables asesinos le caiga todo el peso de la ley?, ¡o todos en la cama, o todos en el suelo!, no es justo que delinquir sea más ilegal para unos que para otros. No importa que asesinar sea peor que robar, no importa eso, lo único que pedimos es que un delito sea igual que el otro, al fin y al cabo, delincuente es delincuente, ¿no?

El Sujeto

Mi foto
Hace más de veinte años nací, vengo creciendo, lucho por reproducirme y todavía no he sabido que me haya muerto.