¡Zapatero, a sus zapatos!



En mi ciudad, la ciudad más innovadora del mundo, la gente no lee. Hubo un tiempo en que la gente leía y leía mucho, cuando la lectura tenía el punto que se merecía en la sociedad, con poetas y literatos en cargos públicos, reconocidos intelectuales al nivel de otras ciudades de otros países. Ahora, la cosa no puede ser peor: en serio, la gente no lee. Y lo digo con conocimiento de causa, porque desde que empecé a leer con regularidad me di a la tarea de hacer un pequeño sondeo, para hacerme la idea de cuántos, como yo, buscan la manera de mantenerse en contacto con los textos. El resultado, hasta el día de hoy, sin necesidad de tabular ni mediar ni promediar ni de calcular porcentajes, es que la gente no lee; y no lee porque no sabe leer y no le da la gana de aprender.

Empecé con los registros que tenía a mano: miraba las fichas que cada biblioteca pone en los libros para verificar la fecha de préstamo y la fecha de devolución, después preguntándole a mis conocidos, a los conocidos de mis conocidos, y así, de chisme en chisme, me empecé a sentir solo. Con el tiempo y entre mis pesquisas, conocí lectores voraces que me hicieron recuperar la esperanza en los humanos de esta parte del planeta, me pellizqué y sentí que podía hacer algo por la cultura, por la literatura, por el arte, por la humanidad: empecé a recomendarle libros a todo el mundo, inducía a la lectura a todo el que pudiera, pasé varios meses como un loquito, con un libro debajo del brazo, predicando la palabra de La Palabra. Al final de mi cruzada comprendí que era imposible completar el objetivo y desistí.

Ni los viejos, ni los jóvenes, ni los niños quieren leer. Ni siquiera en los círculos que necesariamente implican lectura, en la academia: los textos más populares son resúmenes y monografías ajenas —en busca del anhelado cinco. Vuelvo a exceptuar a algunas ratas de biblioteca, que no han de faltar, que se les ve con frecuencia parados frente a alguna estantería en específico, que usualmente son flacos, viejos y barbados, aunque sería feo excluir a los gordos y a los imberbes. Y digo que no saben leer es porque saber leer implica análisis, saber leer no es solo pasar la retina sobre unas figuras sin hacer el esfuerzo de buscarles significado, eso es leer, y aunque no está mal del todo, hace falta más seso; saber leer es difícil. Pero no porque se dificulte, a veces, deja de ser divertido y, por el contrario, resulta de las diversiones más sanas y más baratas que pueda ofrecer la vida, nada iguala al placer que se siente después de haber descubierto el detalle que el escritor escondió debajo de la alfombra del relato, nadie pasa tantos ratos agradables como quien tiene la costumbre de leer.

Igual que al principio, sigo sin entender a los que no leen. Todos sabemos que es fácil, gratis, divertido, placentero y alimenticio, todos tenemos bibliotecas a la mano y ahora, sobre todo ahora, podemos encontrar cualquier tipo de joya con un par de clics: la excusa antes era que no tenían libros, ahora es que los cansa leer en una pantalla. Sigo sin comprender por qué no leen, acepto que la televisión y las nuevas tecnologías informan y entretienen, pero no educan; un libro no educa, pero un lector ávido nunca va a estar mal educado. Estamos viviendo de nuevo la época en la que las letras le pertenecían a una minoría afortunada con el agravante de que el problema no es la carencia de tecnología sino la abulia masiva. Yo, por eso, no me desgasto más, las letras le pertenecen a unos pocos, este pueblo es de obreros y de mercaderes, no de literatos; de innovadores y no de lectores, por más bibliotecas bonitas que construyan, ¡zapatero, a sus zapatos!

2 comentarios:

Sebastian Villada Gomez dijo...

Es triste, pero muy real. Cada vez son más las personas que rehuyen de la lectura, muchos bajo el pretexto de: "Si no le han sacado película, no vale la pena", pero como todo, hay algunos pocos que en su vida han logrado rescatar esa curiosidad por explorar estos nuevos mundos creados por la literatura. Ojalá en algún momento, volvamos a ser más los que nos perdemos un una selva de metáforas y letras.

El Sujeto. dijo...

Esa es la clave, bro, curiosidad!

El Sujeto

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Hace más de veinte años nací, vengo creciendo, lucho por reproducirme y todavía no he sabido que me haya muerto.