Otra entrevista con El Sujeto. Parte II.


Se levantó del sillón y llegó con cara de haber dormido seis años. Puso a calentar agua para más café y me invitó a pasar a la terraza. Nos sentamos en unas sillas de plástico con los pocillos de café cargado —6 de café x 5 de azúcar, me confesó en medio de su taquicardia— y comenzamos a grabar la segunda parte de la entrevista.

PARTE II: Año nuevo, vidabuena.

Andrés Flórez (AF): Sujeto, ¿cómo me lo ha tratado la vida lo que va de este 2013?  
El Sujeto (ES): Aquí las tengo pa’ que me las bese. 
AF: En serio, ¿qué le trae este año?     
ES: Mucha pobreza, veo hambre por todos lados. Pero eso está bien, el artista está destinado a ser flaco aunque algunos desmintamos esa ley.

AF: Después de tanta alharaca no se acabó El Mundo en el 2012, usted ya me había manifestado su incredulidad y me había dado las razones con nombres en idiomas que no le entendí, pero, ¿por qué cree que se formó el escándalo tan grande?  
ES: Porque la gente es boba.     
AF: ¿Solo por eso?, yo pensé que me iba a hablar de algún fenómeno desconocido.
ES: Pues eso lo sabemos todos, la gente es boba, por eso hay bancos, iglesias y macdonalds en todo el planeta. Es que… —se tomó unos instantes para prender un cigarrillo—, no crea, en este mundo hay más marranos que helecho. Algún bobo creyó haberle atinado a una interpretación totalmente carente de lógica y salió gritando tan duro que otros bobos escucharon y compraron trincheras.

AF: Cuénteme qué opina del proceso de paz que adelanta el gobierno colombiano con los guerrilleros de Las FARC, ¿le ve futuro?       
ES: ¿A quién, a la guerrilla?       
AF: No, a Colombia.          
ES:
No, no, no —alcanzó a decir después de una carcajada estruendosa—, tiene más futuro el año pasado.      
AF: Pero, ¿cree que habrá paz en el país? 
ES: No, yo no veo cercana esa posibilidad. Acá no conocemos eso, es un concepto tan extraño como el respeto y la cultura, desde que nacimos estamos dándonos machete y al paso que vamos, vamos a terminar bañados en sangre.

AF: Y hablando de terminar, ¿cómo se enteró de la muerte del ex presidente de Venezuela, Hugo Chávez?     
ES: Estaba viéndome la novela de la tarde y me la interrumpieron, pasé el canal para ver a Laura pero también estaban dando la noticia. Luego me mandaron varios correos electrónicos, me llenaron la bandeja de entrada de Facebook y me mandaron cuarenta y cuatro mensajes de texto.        
AF: ¿Maduro o Capriles?        
ES: Me quedo con Pikachu.

AF: ¿Y cómo vio lo de El Papa?       
ES: ¡Perfecto!, la platica tiene que circular, hermano. Los suramericanos somos buenos derrochando presupuesto y, con fortuna, El Vaticano se quiebra en unos años. Igual Benedicto era muy feo, esa mirada de suegro que llevaba siempre, esa actitud de asesino serial, no se la quitaba nadie.

AF: Cada vez más cerquita de la legalización del cannabis en todo el mundo, ¿usted cree que se logre pronto?       
ES: Pues acá en este tierrero es mejor que no legalicen nada, el negocio está en la ilegalidad. Soy apátrida pero no soy del todo egoísta, a Colombia no le conviene la legalización porque dependemos, en gran parte, de la narcoeconomía mundial.

AF: Sujeto, le tengo que preguntar, tema ineludible: ¿Colombia va o no va a Brasil 2014?       
ES: ¿Están muy costosas las entradas?, yo creo que más de un narco tiene para pegarse el paseíto. La Selección, obviamente, se va a ver los partidos por televisión, pero el emprendimiento de los colombianos es tan marcado que más de uno va a estar en primera fila viendo buen fútbol.   
      
AF: ¿Usted no es hincha de La Selección? 
ES: No, a mí me gusta el buen fútbol, vea, este equipo está lleno de estrellitas intermitentes, tiene sus buenos jugadores, pero no pueden hacer mucho. Colombia tiene, va a tener y ha tenido el puesto de relleno en las eliminatorias para clasificar a los mundiales.

En ese momento se levantó de la silla irritado y volvió al sillón sin decirme nada. La siesta se prolongó y yo me quedé esperándolo una hora más. Se despertó renegando y diciéndome que había soñado con el 5 – 0, se hizo a una pipa de vidrio y empezó a bombear para darme la tercera y última parte de esta, otra entrevista con El Sujeto, que estaré colgando en los próximos días y que, por alguna razón que no sé decirles cuál, no se pueden perder.

Cartas a Carito


La última noticia que tuvo de ese niño fue la tercera carta. Carito era la más alta de la clase cuando llegó nuevo al salón, lo presentaron como de otra ciudad cuando no había necesidad, se le notaba que venía de otro lado, se le notaba en las manos y en los ojos. El primer día no habló con nadie, no supieron si podía hablar o no. Al segundo día supieron que sí hablaba, y que hablaba mucho, solo que no hablaba con las niñas, las relaciones las establecía estrictamente con los de su mismo género. Desde el principio se mostró cortés, educado y participativo, siendo el nuevo de la clase buscaba la manera de encajar bien en todos los grupos y subgrupos que llegaban a existir en el aula, en pocos días llegó a la categoría de popular y su fama trascendió paredes. El rumor llegó como aleteo de mariposa a los oídos de Carito: el nuevo estaba enamorado de ella, no de Claudia, ni de Marisella, como el resto de niños. Ella supo en clase de aritmética, entre isósceles y escalenos, mientras lo miraba tomar nota incómodo con la mano derecha en la única silla para zurdos que tenía el salón, la que se le había asignado mientras le conseguían una para diestros, aunque no alcanzaron. Ese día, en medio de un triptongo, recibió la hoja doblada en cuatro partes medianamente iguales, que no revisó sino hasta que llegó a la casa. La leyó sin interés pero con emoción y aunque no tenía remitente, supo que era la incómoda caligrafía de un diestro que se defendía sobre una silla para zurdos; en la primera carta se presentó y le explicó que él no estaba acostumbrado a hablar con niñas, que él les escribía.

Esa semana terminó con los ojos de Carito sobre él, que aunque no le devolvía las miradas en el transcurso de las clases, se desbordaba en cortesía cuando le tocaba. El sábado y el domingo estuvieron cargados de sentimientos encontrados para ella, realmente no le gustaba el niño nuevo, se había sentido halagada por estar en la mira de un varón, pero no estaba convencida del todo. Es que era muy bajito para ella. A sus once años ya medía más de diez centímetros que el resto de sus compañeros y compañeras; sí, era más alta que el más alto de los niños del salón y él, el nuevo, pues era de los pequeños, ¿cómo se verían en un abrazo?, era como estar con el hermanito menor, aunque no tenía hermanitos. Además ella no tenía permiso para tener novio, lo que siempre le habían dicho era que primero había que estudiar, que después habría mucho tiempo para esas cosas, que, entre otras cosas, no eran propias de esa edad. Pero el lunes, mientras repasaban los departamentos y las capitales con el mapa colgado en la mitad del tablero, recibió la segunda carta. Esta vez venía acompañada de una margarita de las mismas que tenía el jardín de la entrada del colegio, y además, con la ayuda de alguna superficie propicia y cómoda, la letra parecía ser más legible. Esta vez, cuando lo miró, la estaba mirando. Sostuvieron la mirada por tres eternos segundos que fueron suficientes para secar los ojos de Carito, y, al parpadeo, el niño nuevo estaba repitiendo en voz alta con el grupo la capital de Yopal. El mensaje de la segunda carta traía claras las intenciones, ella le parecía muy linda pero sobre todo muy decente, no como Claudia y Marisella, tan inmaduras, tan corrientes. Por primera vez dejó de pensar que era demasiado pequeño, ahora ella, de pronto, era demasiado alta. Y eso no era problema, todo se solucionaba con una pequeña flexión de rodillas, ¿o acaso dolía?

El martes empezó con el sol entrando por la ventana del salón. Ella llegó después de la profesora, se sentó en su puesto y esperó a que se llenaran uno a uno los pupitres. La mirada que comenzó ilusionada y contenta se tornó a melancólica cuando no vio llegar al niño nuevo, estaban todos y todas, menos él. Cuando estaba escribiendo el título del tema que iban a explicar, se acordó de él, se iba a atrasar, pero ella le iba a prestar el cuaderno. Dudó para escribir fungi, pero se esforzó en hacer letra clara para que él pudiera ponerse al día sin problema. También lo recordó en el recreo y le guardó una de las galletas para entregársela con el cuaderno de ciencias naturales. Pero en la última clase, la profesora de español la llamó aparte y le entregó la tercera carta. Esta vez no tenía flor. No vio la hora de llegar a la casa para leer la carta sin estar rodeada de niñas envidiosas y chismosas; de Claudia y de Marisella, salió corriendo sin despedirse de nadie cuando anunciaron la hora de salida y en menos tiempo del que le tomaba llegar a donde vivía, Carito inició la lectura de la última noticia que tuvo del niño nuevo. Sintió el peso de tres elefantes rosados sobre la espalda: por alguna razón que no le explicaba por escrito, solo podía esperarla quince minutos después de salir de clase, solo ese día, allá le contaría todo y, además, quería saber si ella le correspondía, necesitaba alguna respuesta. Si el tiempo hablaba solo, él iba a entenderlo, no era la primera vez que una niña más grande lo rechazaba, pero no se lo decía por ser grosero, sino para evitarle remordimientos. Y el tiempo había pasado mientras ella corría contra el viento por los jardines que, casualmente, tenían las mismas florecitas del jardín de la entrada del colegio. El niño nuevo no volvió al otro día. Tampoco al siguiente. Carito llegó a la conclusión de que no podía llegar a ninguna conclusión porque nadie sabía nada, ni las profesoras, ni los amiguitos, ni el mismo director. Guardó las cartas en una bolsita de terciopelo donde tenía la ropa de las muñecas viejas y esperó a que llegara alguna carta nueva.

¡Allá van, Señor Agente!


¡Es que no hay derecho, ala!, uno queriendo desprenderse de las malas energías mediante la fricción de las cobijas y ellas —también eran ellos, Señor Agente, pero sobre todo ellas— madrugan a gritar. Mire, eran como doscientas cabecitas soltando alaridos, no le miento. Es más, había uno especialmente molesto, que no le bastaba con ir gritando las sandeces esas, sino que cada tanto lo hacía con un altavoz, ¡imagínese! Es que no es por nada, Señor Agente, pero no tienen perdón de Dios. Imagínese, levantarse hoy cuasidomingo a las ocho de la mañana, ¡O-CHO-DE-LA-MA-ÑA-NA!

No los estoy acusando porque sea un ateo, un irredento, realmente no es nada personal, los señalo por varios delitos, crímenes atroces, casi de lesa humanidad: sin estar felices con haberme despertado con sus balidos y consignas comunistoides, los acuso de hacer un uso pésimo de los acentos y los silencios a la hora de leer textos rimbombantes y llenos de pasión barata, los acuso de asesinar todas y cada una de las notas musicales; las aplastaron sin dolor, sin método empezaron a ejecutarlas y cada vez fue peor, los acuso de inmorales, puedo ver tantas piernas que me atrevería a pensar que estoy presenciando un concierto de tropipop, los acuso de crueles, insensibles, irrespetuosos e insensatos, entre otras cositas.

Pero, Señor Agente, no vaya a creer que estoy exagerando. Yo le confieso que de vez en cuando me fumo mi cachito, pero lejos de los demás, yo no molesto a nadie. Vea, no es por nada, no soy yo solito, es cuestión de cultura ciudadana, de civismo, de tolerancia, hay que respetar los espacios públicos, Mi Agente. Hasta los ladrones ejercen sin hacer demasiada bulla; usted me dirá que estoy amañando los hechos pero yo le puedo asegurar que la decencia no se amaña, uno es decente y respeta o no. Allá van, ¿sí los ve, Señor Agente?, ¡cójalos que se le vuelan!, como dizque tienen ayuda sobrenatural. Ya me requisó a mí y vio que no tengo rama, pero ellas —también son ellos, Señor Agente, pero sobre todo ellas—, bamboleando su pecado, el pecado natural que resulta de hacerle daño a la naturaleza sin razón lógica, y usted no les hace nada.

Yo recuerdo una vez, hace un par de años, cuando un amigo llegó a la Universidad muy alterado y con hambre. Unos de ustedes lo habían apresado porque lo vieron cantando y bailando en la calle, como no le encontraron nada en la raqueta —requisa, en la jerga específica, para los desentendidos— le imputaron un cargo tan absurdo que solo se me ocurre para este caso: estado de extrema excitación. Yo, Señor Agente, le ordeno, como fiel contribuyente de impuestos, que las aprese a todas: apile a esas urracas camanduleras y bullosas, abran el Atanasio, hagan anillos de seguridad y batidas, como saben hacerlo, estoy cansado de que vayan por ahí delinquiendo y nadie haga nada, ¡allá van, Señor Agente!

¡Habemus Papam sudacam!


¡Habemus Papam!, gritan en Roma, ¡tenemos Papa!, gritan los pregoneros en las centrales de abastos de este rincón del averno. Y es que podemos estar viviendo la noticia del año: el Papa Benedicto XVI renuncia y a Francisco I le toca el puesto todavía caliente y con olor a veterina. La noticia tiene, al menos, tres partes; primero, occidente estrena Papa, segundo, el Papa saliente sigue vivo, y, tercero, el nuevo Papa es sudaca, ¡habemus Papam sudacam! Lo primero y lo segundo, me importó muy poco, pero, lo último sí me tiene con los pelos imaginarios de punta.

Hasta el último papado, Europa había sido la que mandaba la parada, y era lógico eso, el continente más sabio y más antiguo de occidente era apto para producir líderes de tamaño internacional y con capacidad para cumplir bien las labores que se le presentaran, pasaron veintiún siglos de muchos papados sin demasiados problemas ―sin contar con la sobrepoblación y el calentamiento global que propició el finado Wojtyla. Pero esta época vino con cambios, Estados Unidos tiene un presidente negro y El Vaticano tiene mandatario sudaca.

Pero, ¿cuál es el problema en que sea sudamericano?, ¿acaso los nacidos en esta parte del planeta no podemos llegar al poder?, pues sí que podemos, pero las consecuencias han sido nefastas: cada que hay un sudamericano poderoso la historia termina en guerra. Empezando por Tupac Amaru II, pasando por la larga lista de libertadores, después el Che, y, cómo no mencionarlo, Pablo Escobar. Todos han sido poderosos y sus ideas de poder han terminado bañadas en sangre. No sé si por culpa de ellos siempre, pero así ha sido.

Yo solo le pido al nuevo Papa, al argentino, al Papa Sudaca, que nos limpie el nombre, ahora que tiene la oportunidad, que aproveche el estatus que le da ese título y apele a las buenas costumbres para hacer todo lo que tiene que hacer, que se ponga la mano en el corazón y piense cómo puede hacer de mejor manera su trabajo, cómo puede aplicar ética y no moral, cómo puede lavar el nombre del continente, y, de manera encarecida, le quiero pedir que si por su culpa y en nombre de La Iglesia tiene que rodar sangre, que no vaya a ser del culo de ningún niño.

Exhortaciones para bestias en dos ruedas


Hace poco tuve la oportunidad de compilar y redactar unas cápsulas deconducción que los lectores del blog me agradecieron mucho, pero estuve revisando y creo que quedaron demasiado generales. Eso es bueno porque hasta un peatón se puede instruir de ellas, pero es malo porque se quedan cortas cuando se ve desde el punto de vista de cada medio de transporte: no van a ser iguales las instrucciones para un ciclista que para un discapacitado en silla de ruedas, no van a ser iguales las instrucciones para un automovilista que para un motocicleto. De la conducción de carros solo conozco la parte en que voy en el sitio del acompañante y no me estreso por nada, pero como soy motociclista, ya puedo dar algunas señas especiales que pueden facilitar la tarea, que a la hora de apearse en la bestia, las reglas estén más que claras.

Señor (a) motoneto (a), preste atención y tome nota de las siguientes exhortaciones,  que hoy, por su bienestar y por el mío, vengo a obsequiarle:

Es necesario que sepa, ante todo, que lleva las de perder siempre. En su vehículo ―dependiendo del tamaño de la moto― tiene la ventaja de poder escabullirse por cualquier rincón, pero también, por cualquier rincón se puede caer. Esa ventaja se convierte en debilidad en cualquier momento, dependiendo de muchas cosas, entre esas su habilidad, pericia, pilotaje o como le quiera llamar, también de los demás conductores. Estando en una moto, cualquier enemigo ―enemigo es cualquier otro que no vaya en nuestra moto― es peligroso, por más pequeño que sea, claro que mientras más grande, más sangriento puede resultar el encuentro.

Deje el miedo en la casa. Es lo mejor que puede hacer, montarse en una moto da miedo porque la humanidad queda expuesta y dependiendo de la velocidad, el vértigo puede actuar en menor o mayor medida. También eso de atravesarse en medio de dos tracto camiones produce reducción testicular inmediata, pero en vez de frenar y orillarse, yo recomiendo acelerar. Acelerar en vez de frenar sirve para todo, menos cuando de verdad queremos frenar.
Frunza el ceño. Inicialmente sirve para filtrar la luz y para proteger los ojos de las partículas de mugre que puedan entrarse en el camino, pero, en verdad, sirve para evidenciar la rudeza que necesitamos demostrar. Debemos recordar que ante cualquiera llevamos las de perder, pero en esos casos hablan nuestros modales: mirar feo y adelantar, mirar feo y pitar, mirar feo y gritar sandeces, mirar feo y atravesarse, mirar feo y seguir mirando feo. Evite confrontaciones, el único contacto que debe sostener es con la mirada.

Cargue un billete entre la licencia y la matrícula. No tanto para la despinchada en caso que se le estropee una llanta, ni para la grúa cuando la moto le deje de funcionar, ni para la gasolina cuando hay sequía tanqueal; el billete ―ojalá de alta denominación― es para el agente, sea policía o de tránsito, que ese día se vio en apuros monetarios y acudió a usted para abastecerse, al menos, de “la gaseosita”, como le llamarían ellos.

Invoque a la suerte. No le garantizo que vaya a llegar sano y salvo siempre que se suba a una moto. De hecho es muy posible que por alguna razón, usted pueda resultar debajo de una volqueta o encima de algún taxi, así que, si es creyente, entréguele su alma al señor que sea; en mi caso, como no creo en muñequitos, invoco al azar y lo invito a que se haga de mi lado: siempre, antes de salir en la moto, repito seis veces la consigna “si hay chulo que sea otro”, la enciendo de una patada y me voy buscando fortuna.

Ojalá las use, ojalá anote y memorice punto a punto, no sabe usted cuándo pueda necesitarlos. No omita ningún dato, póngase el casco y acelere con seguridad, que, con seguridad, por más seguro que se sienta, no va a estar seguro. Se lo aseguro.

El Sujeto

Mi foto
Hace más de veinte años nací, vengo creciendo, lucho por reproducirme y todavía no he sabido que me haya muerto.